viernes, 1 de febrero de 2013

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No sé cómo empezar, las despedidas nunca me han gustado. La verdad es que no creo que le gusten a nadie, las despedidas, ya sabes: son tristísimas. Pero hay que afrontarlas. Y yo, poco valiente para estas cosas, he intentado escaquearme durante semanas.
“Falta de inspiración”, pensé cuando llevaba ya cinco días sin escribir sobre Lili. “Agotamiento mental”, cuando la ausencia rozaba la semana y media. “¿Me habré vuelto normal?”, al cabo del mes.
Le preguntaba a todo el mundo: “¿por qué no puedo escribir?”, y el mundo, poco original si quieres mi opinión, me contestaba: date tiempo. Y así pasaba un día, y otro, y otro. Y otro más.
Una tarde me dije: “esto no puede continuar, tengo que hacer algo”, y ese algo fue una minientrada de semidespedida.
“Uy, uy, fatal”, me dijo un buen amigo. “Tus seguidores se merecen más, y tu blog también”.
Entre terribles remordimientos (¿cómo puedo portarme tan mal con quien me ha hecho tan feliz?) borré el post, y el blog siguió a la deriva.
Hace varios días tuve una especie de cataclismo espiritual (fijo que las revelaciones de los santos fueron parecidas) (aunque igual ellos las tuvieron en una iglesia o en una celda y no en Zara) y me di cuenta de lo que pasaba: Lili se ha marchado. Ahora ya no la encuentro en mí.
Ser consciente de eso fue una liberación. De repente vi un universo de páginas en blanco por delante y yo pudiendo ser cualquiera, y no necesariamente Lili.
Y ahora… Aquí estoy, contándote este embrollo y confiando en que lo comprendas. Y deseando con todas mis fuerzas que los ratos que hemos pasado juntos  aquí, en la bloguesfera, no se olviden.
Jamás, por mucho que escriba la palabra gracias, podrás hacerte una idea de la magnitud de mi agradecimiento. Por acompañarme, por leerme, por comentarme, por estar ahí. Gracias.
            ¡Y no sé qué más decir!
           Voy a dejar la canción que escuchaba cuando escribía, cuando era Lili. Esa canción soy yo, siempre consigue alegrarme el corazón.
            Un beso grande. Enorme. Gigantísimo.
          
  
       No, no puedo decirte adiós. ¿Nos quedamos con el "hasta luego"?   

:-))))))))))))))))))))))))))))))))) 

 

     Ohhhhhhhhhhhhhhhh, tenía cerrados los comentarios!!! Lo siento, ya están abiertos ;-)

martes, 1 de enero de 2013

Propósitos, what else?

     Propósitos de año nuevo:

     —Cumplir los propósitos del año pasado que tengo pendientes.
     —Tomarme en serio los propósitos de este año y no dejarlos para el próximo, que así nunca estoy al día.
     —No decidir los propósitos a lo loco: como los voy a cumplir todos-todicos-todos, más vale que sean propósitos guays.
    
   —Primer propósito: ahorrar. Nada de comprar cosas innecesarias (este propósito es de JC) (pero no de JC para él, es una aportación de JC a mi estilo de vida) (vamos, que me ha dicho “guapa, a ver si este año gastamos menos” justo después de que le enseñase la foto que adjunto y le señalase las zapatillas tan chulísimas que lleva la bloguera, y voy a hacerle caso).
     —Segundo propósito: salir a correr todos los días.
  —Tercer propósito: comprar las New Balance burdeos, imprescindibles para cumplir el segundo propósito.
     —Cuarto propósito: comprar un abrigo de corte masculino, imprescindible para sacar más partido al tercer propósito.
     —Quinto propósito: ya está. Mi nuevo yo super-ahorrador no necesita más propósitos ;-)))))
 

¡¡¡Feliz año nuevo!!!


lunes, 24 de diciembre de 2012

¡¡¡ Feliz Navidad !!!

Bien..
Aquí estoy...
De nuevo...
Un mes después...
Y no sé que deciros...

Bah, que tontería, yo siempre sé qué decir :-))))

Mmmm..., pues no..., esta vez no... Demasiado tiempo sin pasarme por aquí...

¡¡¡Pero os echo de menos!!! Y me calientan el corazón comentarios como el tuyo, Doctora (eres muy, muy especial, espero que lo sepas), y premios como los de Carol, Expediente X y Chloé. Me pasan cosas raras; cuando veo Cuarto Milenio mi imaginación viaja junto a Expediente X y cuando por la calle oigo conversaciones curiosas me acuerdo de Volbo. Todo lo raro me recuerda a Sandler y pienso que sería guay compartir una jornada de compras con El Silencio, Audrey sin Diamantes, Marlen, Estelle, La Bienvenida y Scarlata.
Leno!!! Cotigo me iría a tomar el brunch!!! Mmmm..., y se lo diría a Lemon y a Stuffen, creo que lo pasaríamos bien :-))).
Chulo, contigo me pasaría la tarde entera discutiendo ;-) Y quizás escuchásemos algo de esa música rara que tanto te gusta.

Y con TODOS, con todos desearía pasar el próximo año. Me hará feliz que algunos no os hayáis olvidado de mí y comprenderé los que oigais el nombre de Lili y os cueste situarla. Pero deseo con todas mis fuerzas que este blog vuelva a ser lo que fue, lleno de alegría, de locuras y de superficialidad (la vidad real es demasiado profunda... :-P). De amistad,  de risas y de anécdotas..

¡Os quiero!

Y os deseo de corazón

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!





JC, mi niño, contigo siempre y y para siempre. Y sólo contigo siempre se queda corto.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Jonathan



Notas de Lili sobre sus compañeros de trabajo. 

(se recomienda leer esta entrada antes de la del arroz con leche ;-)

 

Jonathan



Treinta y muchos años. Pelo castaño y ojos negros. Un metro setenta de altura. Flaco. Adicto a la música de El Barrio, El Junco, Los Chunguitos y El Fary y a las joyas de oro color amarillo pollo.

Es contable de forma temporal: está ahorrando para montar un tablao flamenco en el centro de Madrid. Ya tiene un par de bailaoras y un tipo que toca eso que es como un cajón. Mmmm…, igual se llama cajón. Dice que yo quedaría muy bien dándole a las palmas y vestida de faralaes.

Trabajamos juntos en el departamento de contabilidad del taller de coches. El primer día me dijo:

—Te traigo un café todos las mañanas si me dejas elegir la música.

Le dije que sí. Ahora sueño con Los Calis y comienzo a odiar el café con toda mi alma.

De arroz con leche y pelis profundas.



      
              Hay frases que pueden cambiar tu vida. Hace años le dije a mi madre que hacía un arroz con leche delicioso, frase formulada al azar y sin ninguna sílaba de verdad, ni siquiera una vocal, y que marcó el comienzo de cientos de miles de millones de fines de semana con la plasta blanca rezumando leche con canela de postre.  Tiempos duros aquellos, créeme.
            Desde entonces soy cuidadosa en mis halagos y apreciaciones. Tan cuidadosa que incluso empezó a circular el rumor en mi familia de que me había vuelto lenta de reflejos. No me importó: cuando la ocasión lo merecía, me tomaba el tiempo necesario valorando las posibles consecuencias antes de emitir un veredicto. La sombra del arroz con leche alcanzó las dimensiones de la Torre Eiffel en mi cabeza.
            Una y no más, Santo Tomás.
            O eso pensaba yo…


Jueves, 8 de noviembre. 10 de la mañana.
            
             —¿No la has visto? —me pregunta Jonathan, mi compañero.
            —No —contesto, ajena al peligro que se cierne sobre mí.
            Jonathan deja de teclear datos en el Contaplus y me mira con los ojos como platos.
            —¿¿No la has visto?? —insiste—. ¿No has visto Lost in Traslation?
            Niego con la cabeza.
            —¿¿¿No la has visto???
            ¿Está tonto este chico?
            —¡Que no! —¡pesado!
            —¡Tienes que verla! —se levanta, coge el ipod que tenemos enchufado a unos altavoces y lo trastea durante unos segundos—. Te va a encantar —me sonríe y vuelve a colocar el ipod en su sitio. La voz quejumbrosa de El Junco se eleva por las paredes y me quita las ganas de vivir que habían resistido la sesión previa de El Barrio—. Confía en mí.
            Sí, ya.
            Ni de broma: esos gustos musicales son de lo más sopechoso.

* * *

            Jueves, 8 de noviembre. 13:15 de la mañana.
             
               —¿La has visto ya?
            Me giro en la silla y miro a Jonathan, que espera mi respuesta con la calculadora en una mano y el Plan General Contable en la otra. ¿Cómo voy a ver una peli si no he salido del trabajo? Es justo en ese momento cuando me doy cuenta de que me encuentro ante un nuevo caso de arroz con leche.
            Con la voz de Los Chunguitos de banda sonora original.
            Tiempos duros, otra vez.

* * *

            Viernes, 9 de noviembre. 9:00:01 de la mañana.

—¿Es alucinante o no lo es? —la voz de Jonathan rebosa de feliz expectación. Guardo silencio y mantengo la vista en la pantalla del ordenador—. ¿No la has visto? —hago un leve movimiento—. ¿¿No la has visto?? ¿¿¿Aún no la has visto???
Uf, la cosa es grave…

* * *

            Lunes, 12 de noviembre. 9:02 de la mañana.
          
           —No te lo voy a preguntar… —deja caer Jonathan como si tal cosa mientras enciende su ordenador y conecta el ipod—, … porque imagino que si la hubieses visto me lo dirías… —No sabía lo que hacía, de Los Calis, suena con fuerza—. ¿La has visto ya?
            Joooo…

* * *

            —¿Y no puedes verla tú y me cuentas? —le pido a JC. Se niega. Creo que me quería más antes de la boda…

* * *
           
Vale, vamos a verla.
        No es mi estilo de película, que tantas intensidades y profundidades de personajes y argumentos raros me dan pereza. Me consuelo con pensar que al menos veré a  Scarlett Johansson llevando el paraguas más guay del mundo… Y con una copita de chardonnay, claro. Eso ayudará. Sí.
            O dos copitas.
            Y un cuenco de pistachos.
           
¡Madre mía, qué película más larga!
            Mejor asumo que no se va a terminar nunca…

            ¡Por Dios, tiene que ser la primera película eterna de la historia!
           
            Calculo que llevo cinco horas de película (sin exagerar, claro; exagerando, le echo al menos cuarenta días) y no puedo más. A tomar viento. Se acabó. Pasando del final.
        De pronto me siento más ligera: la vida vuelve a sonreírme y la losa que pesaba toneladas en mi espalda ha desaparecido: ¡he visto la puñetera película! Lo que no haga una para que un compañero de trabajo la deje en paz…      

* * *
           
—Adivina —le digo a Jonathan cuando llego al taller. Suelto el abrigo y espero.
—Tengo mucho lío —contesta sin mirarme.
—Vale, pero adivina qué vi anoche…
—¿Quién quiere casarse con mi hijo? —pregunta con sarcasmo y continúa dándome la espalda.
—No.
—¿La Voz?
—No.
—¿Hospital Central?
—¡La peli! —exclamo, algo ofendida. ¡Será posible! ¡Cincuenta horas de película y ni se gira! Que poquita consideración, pero qué poquita…
—¡Oh! —mi compañero se levanta de la silla de un salto y me coge por los hombros—. ¿Y qué te pareció? ¿No es maravillosa? Qué interpretación, que forma de hablar sin hablar, qué… —se da unos golpes en el pecho y eleva la vista hacia el tubo fluorescente—… intensidad de sentimientos.
—Sí —contesto y pienso que cuando llegue a casa tengo que confirmar que lo que me tragué anoche fue Lost in Traslation. De repente tengo mis dudas.
 —¡Y qué final! Lo mejor de la película —me clava la mirada, con los ojillos brillantes de emoción.
—Sí… —el final, ya…
            —Inesperado.
            —Sí, eso.
            —El mejor final que he visto nunca. Le da un giro… —se calla e intuyo que busca la palabra perfecta—… un giro —concluye—. Justifica toda la historia. Me dormí al principio, que es un poco lento, pero el final es… —vuelve a escarbar en su mente—, el final.
            Ea.
            —Puedes saltarte toda la película, pero el final es… —silencio—, pues eso, el final.
            Tiene tela…
          —Un prodigio de final, fantástico, excelente, soberbio, magnífico —continúa Jonathan, que parece haber encontrado un saco de sinónimos en los recovecos de su cabeza—, absolutamente imborrable.
            Jooo…
            Mmmm…
            ¡Venga ya, cincuenta billones de horas de película y me pierdo lo único que vale la pena?
            Jooo…
            La vida a veces es de lo más cruel. Todo el trabajo duro hecho y justo el final…
            Mmmm…
            ¿Se tomará Jonathan muy mal que le pregunte cómo acaba?...


                       
           
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