jueves, 3 de diciembre de 2015

De cambios que no son cambios, sino matizaciones

Anteriormente, en Lili y el Mundo…

Tras meses y meses en el paro, por fin Lili ha conseguido trabajo en una empresa en la que, cosas de la vida, la Jefa de personal cree que se llama Patricia.
Lili, chica sensata, decide cambiarse el nombre.
No puede ser muy complicado…

Comisaría de Policía. Departamento del DNI.

—El motivo de la renovación dice usted que es por pérdida… ¿Ha traído la foto?
Se la doy y el policía comienza a teclear.
—¿Podría usted quizás poner Patricia ahí, en el nombre? —sugiero con amabilidad.
—¿Cómo dice?
—Es que en realidad todo el mundo me llama Patricia, y he pensado que estaría bien regularizarlo, ya sabe. Es raro que la gente me llame Patricia y en el DNI ponga Lili.
—Para el cambio de nombre necesita esta documentación —me entrega una hoja y sigue tecleando, ajeno a mi dramática situación.
—¿Y si pone Lili Patricia? Si dejamos el “Lili” no es un cambio de nombre —deja de teclear y me mira por encima de las gafas—. Es una… matización. Nada que ver con un cambio.
—Para cambios, la hoja —responde lacónicamente, con una carencia absoluta de empatía que me sorprende una barbaridad. ¿Les dan la plaza a cambio del corazón?
—¿Y una P sin más? ¿Lili P? Eso no puede usted decir de ninguna manera que es un cambio porque no lo es, que el nombre sigue siendo Lili. Lo de la P casi no se notaría.
—La hoja —insiste.
¿Pero que más le da, por Dios? ¡Que sólo es una P! ¡Una letra de nada!
—¿Y una p minúscula? También me valdría. Una p pequeñita al lado de Lili.
—Mire, señora…
—¿Y muda, como en Psmith?
* * *
Me siento en un banco enfrente de la Comisaría y le echo un vistazo a la lista, con el corazón sobrecogido por la ausencia tan alarmante de sentimientos del funcionariado.
¡Ohhhhhh!
¡Es increíble!
¡Si me piden millones de papeles! 
Y no veo otra manera de conseguirlos que volviendo a nacer y llamándome Patricia desde el principio. Lo que haría innecesario, por otra parte, tanto papel.
Absurdos de la burocracia.
Lo único que se me ocurre, quizás…

Parroquia de San José.

—¿Y dices, hija mía, que yo te bauticé?
—Sí, Padre, y con la emoción del momento se debió usted liar y no puso en la partida de bautismo el nombre que era —le enseño la partida en cuestión—. ¿Ve? Aquí puso usted Lili en vez de Patricia. ¿Podría usted corregirlo?
—Uy, no, hija, eso es imposible. Las partidas de bautismo no se pueden cambiar.
—¿Y poner Patricia al lado de Lili? Eso no es cambiar lo de Lili —razono—, es matizarlo.
Me sonríe y niega con la cabeza.
—Imposible del todo —busca en un escritorio atestado de papeles y me enseña una hoja mugrienta—. ¿Ves? Aquí lo pone: “Es imposible cambiar las partidas de bautismo”.
—Pero, Padre, no sería un cambio. Si después de Lili añade una P pequeñita es matizarlo, no cambiarlo.
La sonrisa se hace más amplia.
—Ojala pudiera, hija, pero es imposible —vuelve a mostrarme la hoja—. Nada de cambios. Lo dice bien claro. Imposible.
—Es que no sería un cambio —madre mía, que cabeza tan dura—, sería añadir una letra.
—Hija mía, eso es imposible.
¡Uf,  que obsesión con el "imposible" más tonta tiene este hombre!
—A ver, Padre, que no me está entendiendo usted…
—Imposible —y repite muy despacio—: Im-po-si-ble.
—¡No, no, no! —¡ea, ya me ha puesto histérica! —. ¡Imposible es el asunto ese de las multiplicaciones de panes y peces! ¡Esto es posible! ¡Extraordinariamente posible, diría yo! ¡¡¡Posibilísimo!!!
­­—Hija mía, será mejor que…
—¡Lo que pasa es que no le da la gana! —¡vamos hombre! —. ¡Muy mal les va a ir si siguen así! ¡Fijo que con un cura budista no habría problema!
—Hija mía…
—¡¡Me voy a hacer de la Cienciología!! —sentencio—. ¡¡¡Y sobre su conciencia caerá si luego voy al infierno!!!
* * *
No hay manera de razonar con el mundo en general (ni con policías y curas en particular). Una vez asumida esta verdad universal (y tras descartar la posibilidad de morirme y reencarnarme en una Patricia de las de toda la vida por falta de garantías de que me tocase ese nombre), me enfrento a mi destino en el departamento de recursos humanos de Cal & Asociados.
—… y necesitamos que nos dejes copia de tu DNI y tu número de la Seguridad Social. Mañana tendremos tu contrato. Creo que empiezas… Espera, deja que mire tu expediente… Aquí está, Patricia Díaz… Sí, el próximo jueves.
—Verás, es un poco raro porque me llamo Patricia de siempre —le digo a la chica que está tomando mis datos—, y todo el mundo me llama Patricia, pero en mi DNI pone Lili.
—Vale —dice, sin separar la vista de la pantalla del ordenador—. El contrato lo ponemos entonces a nombre de Lili, ¿verdad?
—Sí —contesto, con el corazón lanzado a la velocidad de la luz.
—¿Quieres que tu expediente lo ponga también a nombre de Lili o lo dejo a nombre de Patricia?
—¡Patricia!
—Bien, ya está.
—¿¿¿Ya está???
* * *
  
Para:                  info@cienciologia.com
De:                    Lili Díaz (lilidiaz@gmail.com)
Enviado el:       miércoles, 02 de diciembre de 2015    20:10
Asunto:             RE: Solicitud de información - Urgentísimo


Estimados Sres.:

Les agradeceré ignoren el email que les remití esta mañana.

Atentamente,

Lili Díaz


________________________________________________________________


Para:                  info@cienciologia.com
De:                    Lili Díaz (lilidiaz@gmail.com)
Enviado el:       miércoles, 02 de diciembre de 2015    11:32
Asunto:             Solicitud de información - Urgentísimo


Estimados Sres.:

Les agradeceré me informen de los pasos a dar para bautizarme en su religión, que me parece tremendamente enriquecedora a nivel personal. El nombre elegido es Patricia, por si tienen que ir adelantando el papeleo. También quisiera confirmar que sus partidas de bautizo tienen validez a la hora de expedir el DNI.

El asunto es bastante urgente. 

Atentamente,

Lili Díaz

Pd.- Siempre he sido muy fan de Tom Cruise.








viernes, 13 de noviembre de 2015

Las penas en viernes son menos penas


Son tiempos oscuros para los periodistas.
Entre tú y yo, tienen que estar hasta el moño. Que si Mas y sus cosillas por aquí, que si Mas y sus disgustos por allá, Mas con el Rey, Mas con Rajoy, Mas con Hacienda, Mas con la CUP, Mas con  todo quisqui. Tienen que soñar con Mas y verlo hasta en la cola del supermercado.
— ¡Necesitamos artículos ligeros para que el personal se relaje un poco! —les pide el editor jefe a voces—. ¡Y no quiero a Mas ni como adverbio!
Los periodistas se miran perplejos. ¿Hay vida más allá de Mas?
Tras horas agónicas de sudor y desesperación ante la hoja de Word, logran un artículo de los de antes (de Mas), fascinante e instructivo. Un artículo guay.

El País, 12/11/2015

Y comienzan a recuperar aquella pasión por el periodismo que sentían en la facultad. Y la confianza en la humanidad. Porque el mundo no puede estar perdido si un periódico serio publica un artículo sobre el vello de las axilas y si crece hasta que llegue al suelo o no.
Con la emoción de sentir un Pulitzer cerca, ya no hay quien les pare. Se lían la manta a la cabeza y se lanzan a analizar la GRAN CUESTIÓN.

El País, 12/11/2015




Que este asunto trae a los hombres de cabeza y había que ponerlo sobre la mesa así, con valentía. ¡Ay, si tuviesen estadísticas sobre las horas de tertulia en bares analizando el asunto!

—¡Drama! ¡¡Quiero un artículo de mucha carga dramática!! ¡¡¡Trágico!!! —ordena el editor jefe, entregado en cuerpo y alma a esta nueva línea editorial tan... humana—. ¡¡¡Tragiquísimo!!!

El País, 12/11/2015

Apuesta fuerte el jefe —susurra un becario, admirado ante el inmenso valor en aras a la libertad de prensa y el derecho a la información.

Y justo en ese momento suena un ruido de sirenas atronador que hace que hasta los cristales de las ventanas se estremezcan. El suelo tiembla y los archivadores en las estanterías aguantan el equilibrio con dificultad. 

Algo gordo ha pasado.
­—¡Atención, atención, la CUP dice a Mas que tururú otra vez! ¡Todos a sus puestos! ¡¡¡Mas ha vuelto!!!
 Y así, sin más pero con Mas, el sueño de un periodismo mejor se desvanece.
En fin...

Pero no te entristezcas, porque...

¡¡¡ES VIERNES!!!


Y las penas en viernes son menos penas.


 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Idas y venidas de la chica-antes-conocida-como-Lili

—¡Cuánto hacía que no te veía! —me dijo una señora en mitad de la calle, al tiempo que liberaba un par de besos al aire y me envolvía en una nube espesa de perfume—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí despistada mientras mis ya archiconocidas células grises corrían atolondradas y comenzaban a buscarla en todos los rincones de mi memoria; en alguno tendrían que encontrarla—. ¿Y tú?
—Ahí vamos, ahí vamos. ¿Tienes tiempo para un café? Hace un par de días me acordé de ti, ya sabes, por el asunto de Clara —me cogió del brazo y me arrastró hacia una cafetería—. Ha sido terrible.
Y justo aquí la Capitana de mis células grises tendría que haber intervenido:
—¡Chicas, chicas, dejad de buscar! ¡Repito, dejad de buscar! ¡Haced que la Jefa le pregunte a esta tipa quién es!
Pero no lo hicieron. En lugar de eso, decidieron que un café a media tarde no estaba mal, de modo que se acomodaron y cruzaron los dedos para que con el café llegase un croissant.
¡Qué desvergonzadas! Tengo que hablar con ellas…

Una hora, dos cafés, dos croissants y una cookie después, seguía sin tener muy claro quién era aquella mujer que tan amablemente me había contado la dramática historia de Clara (y el marido que fue a por tabaco y se llevó a la hermana de Clara con él).
—¡Es terrible! —coincidí con ella, con el corazón encogido por la pobre Clara—. ¡Es que ni de hermanas ni de maridos puede fiarse una ya!
—Qué tiempos tan negros estos que nos ha tocado vivir, Patricia —contestó, y negó con la cabeza.
Aquí la Capitana de mis células grises de nuevo habría debido intervenir. Entre tú y yo, debió intervenir la primera vez que aquella mujer me llamó Patricia. O la segunda. O la tercera. Pero nunca es tarde, ya sabes. De modo que, insisto, aquí debió intervenir y ordenar a sus subalternas desmelenadas por el azúcar y la cafeína:
—¡Chicas, chicas, decidle a la Jefa que recuerde que ella no se llama Patricia! ¡Que saque a la señora de su error y que le diga que la ha confundido con otra! ¡Chicas, dejad el azúcar y escuchadme! ¡¡Chicas!!
Pero no lo hizo: a la Capitana le había tocado la mayor parte del chocolate de la cookie (que para algo era la Capitana) y acababa de decidir que las células grises quedarían mucho más monas de rosa. Todo lo demás le importaba un pimiento.
—No somos nadie —respondí y me levanté a por otro café y un poco de tarta que pintase los días negros de un color más acorde con el nuevo tono de mis células cerebrales.
* * *
¡Por amor de Dios, la señora-que-me-llama-Patricia está en todas partes!
Y no deja de presentarme a gente que también me llama Patricia y que me presenta a más gente que insiste en llamarme Patricia, y así en un bucle infinito y aterrador. Ahora cuando oigo un “Patricia” por la calle me giro, y créeme si te digo que más de la mitad de las veces se refieren a mí.
¡Hasta el portero de mi casa ha empezado a llamarme Patricia!
­—Disculpe, Patricia, pero no sé de donde saqué que se llamaba usted Lili —me dijo hace un par de días.
—¡Por Dios, Patricia, yo también llevo llamándote Lili desde hace siglos! — se unió mi vecina del tercero, que no sé porqué no alquila su casa, si vive en el portal.
­—Encantado, soy Alfonso, el nuevo del quinto —un chico joven me saludó mientras acarreaba un par de cajas hasta el ascensor—. Patricia, ¿no?
Hice un gesto que no era ni que sí ni que no, y solté un suspiro.
Menos mal que la señora-que-me-llamaba-Patricia no me confundió con alguna Jessi/Jenni/Vane…
* * *
El destino está chiflado. Me lo imagino tirado en un sofá, con una copa de DYC en una mano, una pipa de crack en la otra y dictándole a su secretaria lo que habrá de sucederle a la chica-antes-conocida-como-Lili. Sólo bajo la influencia de alguna droga dura y altas dosis de alcohol se le pudo ocurrir al muy puñetero lo que aconteció hace un par de días.

—¡Patricia, qué sorpresa! —un par de besos me rozaron las mejillas cuando entré en el despacho para una nueva entrevista de trabajo (a pesar de lo lejana que queda la crisis en la mente de cierto presidente que no pienso mencionar, sorprendentemente yo seguía en el paro)—. ¡No sabía que estabas buscando trabajo! ¿No me dijo tu madre que llevabas siglos en aquella asesoría? Siéntate y espera un segundo.
Querido lector, sé lo que estarás pensando: ¡¡¡NO PUEDE SER!!!
A eso sólo puedo contestarte: ¡¡¡LO SÉ!!!
Y sin embargo ahí estaba, la señora-que-me-llamaba-Patricia en carne y hueso, descolgando el teléfono y revolviendo los papeles de su mesa.
—A ver, Susi, corazón, que me has dejado en la mesa los datos de una chica que no es… Sí, una tal Lili Díaz… No, está aquí Patricia… ¿Cómo es tu apellido?.. Díaz, Patricia Díaz… ¿Cómo que no lo encuentras?... Vale, voy… Perdona, Patricia, ahora vuelvo— me dijo y salió del despacho.
He de reconocer que ante la crisis que se avecinaba, actué con la entereza y saber estar de un agente del MI6: me levanté de la silla, rodeé la mesa, me puse ante el ordenador de la señora-que-me-llamaba-Patricia y, con las manos temblando de pura histeria, entré en mi correo electrónico y busqué el currículum que les había mandado hacía una semana.
Luego cambié el nombre de Lili por el de Patricia, le di a imprimir y voilà, allí estaba, el currículum vitae de Patricia Díaz.
Una hazaña digna de James Bond.
No, no, qué digo James Bond. ¡De la mismísima M! ¡Por Dios, qué desaprovechada estoy como agente secreto!
—Perdona, corazón —dijo la señora-que-me-llamaba-Patricia cuando volvió al despacho, justo un segundo después de que yo volviese a mi silla—, pero en secretaría no localizan tus datos. No llevarás un currículum encima, ¿verdad?
Con una mueca a medio camino entre una sonrisa agónica y los últimos estertores de un infartado, extendí el brazo y se lo di.
—¡Una chica previsora, me gusta! Encajarás aquí divinamente, estoy segura.
* * *
¡¡¡Tengo trabajo, yupi!!!
Ay, madre, estoy tan contenta que no sé ni qué hacer… ¡Ohhhh, compras! ¡¡Síííí, me voy de compras!! ¡¡¡Bieeeeennnnnnnnn!!!
¿Cómo dices?
¡¡¡Ehhhhh, no seas aguafiestas!!!
¡Tengo un trabajo chulísimo y no se hable más!
Y déjate de detallitos tontos sin importancia como que mi jefa crea que me llamo Patricia.
Eso…
Eso ya lo pensaré mañana.



viernes, 30 de octubre de 2015

El lado creativo de la vida se estampa contra la obstinada realidad


Viajemos al pasado.
La cosa comenzó realmente a finales del año pasado. Fue justo el 31 de diciembre cuando, con las células grises empapadas en champán y chocando unas con otras, decidí ocuparme de los propósitos de año nuevo de mis padres.
—Mañana te abro una cuenta en Twitter —le dije a mi madre, cogiendo su copa y bebiéndomela de un trago—. No, no, no, no digas que no, que te va a encantar. Está lleno de gente así como tú, con mucha vida interior y muy espiritual. Seguro que te conviertes en una especie de sacerdotisa de la red —continué—, tienes un algo como muy… de conectar con el mundo. ¡Va a ser guay!
Un brillo demente cruzó sus ojos. ¡Ay, si lo hubiera visto! Quizás habría intuido el futuro feminaz…ista que se aproximaba, que soy sorprendentemente intuitiva, pero no lo vi. Mis borrachinas células grises estaban volcadas en definir los propósitos de año nuevo de mi padre.
—¿No crees que deberías hacer algo creativo? —le pregunté—. Clases de canto, o de guitarra, o de cocina… —apuré su copa y lo vi clarísimo—: ¡Madre mía, clases de pintura! ¡Sí, que tú siempre has sido muy de pintar! —me miró por encima de las gafas, despistado—. ¡Papá, la reja del apartamento!—le recordé—. ¡Si la pintas todos los veranos y te queda preciosa! —y añadí, feliz—: Mañana te busco por internet unas clases y no se hable más.

De vuelta al presente…
—Es tan… tan… —no doy con la palabra—tan… tan… ¿especial?
Mi madre suelta un bufido.
—Y fíjate cómo le da la luz sobre el lomo—dice mi padre, que me acerca el cuadro en cuestión a la cara: un retrato de una rata gris sobre un cojín de flores—. Me ha quedado fenómeno —sentencia.
—Sí —contesto, sin atreverme a apartar los ojos de la rata, que parece esperar un despiste para abalanzarse sobre mí y devorarme a mordiscos.
—¡Es monstruoso! —clama mi madre—. ¡No puedo compartir mi espacio vital con eso! Lo siento pero no puedo, ¡es que me quita las ganas de vivir!
—¡Mamá! —la interrumpo, horrorizada—. ¡Es un cuadro precioso!
—¿Ves lo que te digo, Lili? Así no hay manera de ser creativo —mi padre mira el cuadro con ternura y se gira—. Toma, para tu salón.
Doy un respingo y retrocedo hacia la pared.
Uy, no; no me fío de la rata, que acaba de entornar los ojos y me dirige una mirada de extrema maldad. ¿Cómo me voy a llevar semejante peligro a casa? ¿¿¿Y si le da por comerse mis bolsos??? 
No, no me digas que sólo es un cuadro, que tú no lo estás viendo. Esa rata está viva…
—¡Saca ese perro de aquí, Lilipordios! —chilla mi madre—. ¡¡¡Llévatelo!!!
¿Perro? Mmmmm… Con precaución me acerco al cuadro que sostiene mi padre y lo examino, entornando los ojos para difuminar la imagen. Sí, bueno… Podría ser…
—¿Un perro? —pregunto a mi padre, señalando al bicho.
—Claro, ¿qué iba a ser?
* * *
Aquí estamos, el perro-que-casi-es-una-rata y yo subiendo al autobús. Es tarea compleja porque el cuadro mide al menos unos veinte metros de ancho por unos cincuenta de alto, pero soy extraordinariamente fuerte, ya sabes, y consigo sujetarlo con un brazo mientras busco el metrobús en el bolso.
—¡Mami, mira! —grita una desagradable vocecilla infantil—. ¡¡¡Mamááááááááááá!!!
Encuentro los pañuelos de papel, el móvil, cinco bolis, tres botes de Carmex,  unas tijeras, un rulo de pelo y un ovillo de lana (¿¿¿???) en este bolso gigante que llevo, pero justo el metrobús no aparece.
—¡¡¡Mamá, una rata!!! —chilla el niño—.¡¡¡ Una rata, mamiiiiiiii!!! ¡¡¡Quiero bajarme!!!
¿Una rata? ¿Dónde? Saco la cabeza del bolso y miro alrededor. Un niño pecoso y regordete ahogándose en un mar de lágrimas y mocos me señala mientras una cierta intranquilidad comienza a extenderse por el autobús.
—¿Ratas? —pregunta un chico joven, apartando la vista del móvil.
—¡Ratas! —confirma un señor calvo, moviendo la cabeza con desdén.
—¡¡¡Raaataaaas!!! —grita una señora de unos ochocientos años—. ¡Ay, Señor, llévame pronto!
—¡¡¡Ehhhhh!!! —exclamo, indignada—. ¡¡¡No es una rata!!!—qué bajito nivel artístico-cultural tenemos, pero qué bajito…—. ¡¡¡Es un perro!!!
Nadie me oye. Varias chicas se han puesto de pie en los asientos y chillan histéricas y una señora se desmaya en medio de un grupo de colegiales, que aporrean la puerta trasera del autobús.
—¡Señores, por favor, bajen del autobús, que tenemos una plaga de ratas! —dice a voz en grito el conductor, frenando en seco y abriendo las puertas.

* * *
EL PAIS @el_pais . 29 oct
¡Vuelve el terror! Miles de ratas toman al asalto autobuses de la EMT. El pánico se desata entre los ciudadanos.

EL MUNDO @elmundoes . 29 act
Ratas entre los viajeros en los autobuses de Madrid. ¡La peste amenaza con asolar la capital!

Esperanza Aguirre @EsperanAguirre . 29 oct
Ratas en el gobierno de Manuela Carmena. Esto conmigo nunca habría pasado. #rememberesperanzaeslamejor



lunes, 26 de octubre de 2015

Perdices que van y vienen.

Siempre he pensado que mi vida acabaría con millones de perdices que JC y yo comeríamos tan contentos, y que por muchos obstáculos que nos encontrásemos, los saltaríamos con la grácil desenvoltura de una pareja de felices saltamontes.
Ahora, sin embargo, hay un par de obstáculos que me hacen pensar que de perdices nada de nada…

Primer obstáculo.-
—¡¡¡Madre de dios, qué es eso??? —exclamé hace unos días al llegar a casa, golpeada por el impacto visual más atroz que recuerdo. Créeme si te digo que sentí cómo mis neuronas, que tienen una gran sensibilidad estética, se llevaban las manos a los ojos, presas del pánico.
—¿Te lo puedes creer? —dijo JC—. Me los ha traído mi madre. ¡Tienen más de veinte años y aún me valen! —y me lanzó una mirada cargada de orgullo.
Me aferré a la pared que me mantenía erguida e intenté desviar la vista, pero era imposible. ¡Qué visión tan terrorífica! ¡Iba a necesitar meses de terapia para poder vivir con ella!
—Son… —inspiré profundamente—: ¡son la cosa más abominable, horrible, hortera, repulsiva, monstruosa y... y feísima que he visto en mi vida!
JC dio un respingo y se metió las manos en los bolsillos de… ese algo atroz que casi me mata de la impresión: un pantalón de pana, de pata ancha y (siéntate, querido lector, porque igual te da un soponcio) ¡¡¡NARANJA!!!
Madre mía…
Desde entonces una oscura bruma se interpone entre sobre nosotros. JC insiste en ponerse esa cosa naranja y yo insisto en no poder soportarlo. Y mentalmente juro y perjuro en hebreo contra mi suegra, que debe padecer un caso extraordinariamente grave de síndrome de diógenes para haber guardado semejante basura durante 20 años.

Segundo obstáculo.-
—… y me ha pedido que vaya a una de esas reuniones para que puedan ver y analizar mis microgestos de machismo para nosequé artículo de nosequé revista, y le he dicho que yo no tengo de eso, y se ha reído y me ha dicho que soy un microgesto machista andante —JC hizo una pausa, evidentemente ofendido—. Y eso sí que no, Lili, que es tu madre y todo lo que tú quieras, pero hay límites.
Conseguí apartar la vista de los pantalones naranjas (¡¡¡naranjas!!!), que también llevaba ese día, y asentí en un gesto de comprensión.
—Así que voy el miércoles a la reunión a que…
—¿Le has dicho que sí? —lo interrumpí, sobresaltada.
¡Madre mía, se lo iban a comer vivo!
Con suerte también se comerían el pantalón, pero no sé yo si el precio sería quizás un poco excesivo…

Miércoles, 07:30 de la mañana. Quedan 12 horas para el aquelarre.
—¡Lilidemivida, que es tu madre! —exclama JC—. ¡Invéntate algo y habla con ella!
Doy un mordisco a la galleta y niego con la cabeza, tristona.
—Es que no puedo pensar en otra cosa que no sea en eso —señalo los pantalones naranjas que lleva puestos—. No puedo, de verdad que no. Es como si absorbieran mi creatividad.
—¡Esto es increíble! —sale de la cocina, dejando una estela naranja que trato de borrar de mi retina a base de parpadeos histéricos. Vuelve a los dos segundos con unos vaqueros y me da los pantalones naranjas hechos un gurruño—. ¡Aquí tienes!
Vaya… Vistos así de cerca, son aun peor… Conteniendo el aliento y con los ojos entornados para no desmayarme los meto en una bolsa que dejo al lado de la puerta y miro a JC, con la esperanza de nuevo asomando tímidamente a los ojos. Igual, después de todo, sí que tenemos perdices…
—Móvil —pido con la resolución de un cirujano y extiendo la mano. JC me pasa el teléfono. Me recojo el pelo en una coleta, me remango el jersey y marco el número de cierta madre-que-era-medio-normal-pero-que-ha-perdido-la-chaveta, con la creatividad empapando de nuevo mis células grises.
—Mamá, ¿cómo se te ocurre pedirle a JC que vaya a…..… No, si él está encantado…………. Me parece malísimo para vuestro movimiento feminaz…ista, pero malísimo malísimo……….. Sí, malísimo, eso……… Él dice que ya imaginaba que al final recurriríais a un hombre……¿Micro gestos?...... Oh, vaya, creo que no lo ha entendido bien..…… Algo de una conferencia sobre el papel fundamental del hombre en las organizaciones feministas…..… Sí, se lo está contando a todo el mundo……….. ¡Mamá, no lo insultes!............ ¡¡¡Mamá!!!

Dos semanas después.
JC acaba de salir del trabajo y camina rápido: ha recibido una convocatoria para un asunto importantísimo, de vida o muerte, y no quiere llegar tarde. Mentalmente va haciendo una lista de lo que necesitará: cerveza y… cerveza. De pronto un destello naranja entra en su campo visual y frena en seco. Gira la cabeza y ahí están, en el escaparate de Humana: ¡¡¡sus pantalones naranjas!!!
Se queda sin aliento y trata de recordar qué sucedió y porqué no están en su armario: algo de su suegra y Lili… Se indigna: seguro que ha sido su mujer quien los ha llevado a la tienda. ¡Sus pantalones!
Mira la hora en el móvil: aún quedan quince minutos para que comience la partida online del Battlefield. No quiere arriesgarse a llegar tarde, es extremadamente formal en sus batallas virtuales… Hace un rápido cálculo mental (cinco minutos para llegar a casa, 10 segundos para sacar la cerveza de la nevera y coger el abridor, 2 segundos para sentarse en el sofá) y decide que hay tiempo.
Con paso firme, entra en Humana, dispuesto a recuperar sus pantalones naranjas.

A su espalda, un par de perdices comienzan a agitar las alas. Pero… no, no salen volando.
Vaya…
Parece que una chica previsora las ha pegado al suelo para que no se escapen.

(*) Humana es una tienda que recoge ropa usada y la vende muy baratilla, y lo que saca lo destina a proyectos humanitarios (las malas lenguas dicen que también financia una secta nórdica…)

  
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