miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡¡¡ FELIZ 2012 !!!

    ¡Me voy!
   ¿Cómo dices?
   ¡¡¡No!!!  ¿Cómo va a ser para siempre? ¡Si soy una blogadicta!
   Volveré el día dos de enero, o puede que el tres; o quizás el cuatro…
    ¿Recuerdas que mi exjefe (¡que bien suena!) me despidió y me indemnizó? Pues en vez de comprarme el 2.55 (lo sé, yo tampoco me lo creo) le he regalado a JC un viajecillo sorpresa por Nochevieja.
    ¡Nos vamos lejos de Madrid, de las campanadas de la Pantoja en Telecinco (¿esto es verdad o mi madre me está tomando el pelo?) y de Anestesia! ¡¡¡Bien!!!
    Como no estoy segura de que pueda conectarme a internet, os lo digo con un poco de antelación:

    ¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!!
    
Millones de besos y toneladas de felicidad, alegría, y risas para el próximo año.
    Nos vemos a la vuelta :-)

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena 2011

    ¡Me encanta la Navidad!
   Me gustan las luces en las calles, los villancicos, el turrón de yema tostada y las hojaldrinas Maritrini. Pero lo que más me gusta de todo es el espumillón; ya sabes, el de siempre, horterilla a rabiar y en mil colores. Claro que no para mi casa: queda mejor en la de mis padres.
    Y en eso estamos mi sobrina y yo: decorando el salón para la cena de esta noche con espumillones dorados, rojos y verdes y bolas azules.   
    —¿Sabes qué, tita? —me pregunta mientras pega un lazo en el espejo con tiritas (hace rato que nos quedamos sin celo).
    —¿Qué? —estoy a punto de conseguir que la guirnalda de… algo difícil de definir (¿cerezas?, ¿corazones?, ¿formas rojas sin más?) que ha hecho Alicia en el colegio quede simétrica; esto exige mucha concentración…
    —Tengo novio —responde tan feliz.
    Dejo la guirnalda en la mesa y la miro alucinando.
    —¿Que tienes qué?
    —Novio —coge más tiritas y comienza a pegar estrellas en la puerta.
    —¿Novio? —no me lo creo…
    —Sí, se llama Alejandro —¡pero si tiene cuatro años! ¡Madre mía, mi primer novio fue en tercero de BUP!— Era el novio de Julia, pero me dijo que ya no, que ahora es el mío.
    ¡Vaya!
    —¿Y qué dice Julia? —le pregunto con interés. Es obvio que mi sobrina se parece una barbaridad a su tía Lili, pero a mí esas cosas no me han pasado en la vida.
   —¿Qué dice Julia de qué? —mi hermana Sofi aparece en el salón con dos rollos de esparadrapo—. Toma, Ali; dice la abuela que no quedan más tiritas y que no encuentra el pegamento.
    —Tiene novio —informo a mi hermana con la risa en los ojos.
   —¿Tienes novio? —le pregunta Sofi a su hija; Alicia afirma con la cabeza y sigue a lo suyo. Mi hermana se sienta en el sofá, pálida—. ¿Pero tú sabes lo que es eso, cariño?
   —Mmmmm… —lo piensa unos segundos—: No, ¿me lo explicas? —le pide sin girarse; está pegando los reyes magos del belén en la pared con el esparadrapo. ¡Con camellos y todo! Esta chica vale mucho.
    El rostro de mi hermana se relaja y recupera algo de color.
    —Bueno, eso del novio es un poco aburrido, porque si tienes novio no puedes ver los dibujos de Dora Exploradora —contesta—, ni los de Bob Esponja.
    Alicia se vuelve de inmediato hacia su madre.
    —O tienes novio o ves los dibujitos, como prefieras —añade Sofi.
    —No, mamá, entonces no quiero novio. Prefiero los dibujitos —responde Alicia sin vacilar.
    ¡Estoy perpleja!
    ¡Eso es tener claras las prioridades en la vida!
    ¡¡¡Es igualita que yo!!!

    PD.- JC, ¿te estás riendo de mí? Yo tengo clarísimas mis prioridades: primero tú y luego tú, pero como no dejes de pitorrearte, igual las cambio... :-)

   Como dijo Sergio en un comentario, fue una buena noche. Tan buena que no tengo nada que contar que no sean ñoñerías. Y este blog será lo que queráis, pero ñoño no :). Por eso la Nochebuena queda en un solo capítulo :-P. (Don Francisco, verá que aunque me haya dejado un poco de la mano de Dios, no olvido lo que he aprendido:).

jueves, 22 de diciembre de 2011

Verdad verdadera II

    ¡¡¡Tengo un meme-premio!!! ¡¡¡Bien!!! Me lo ha dado la Sra. T (que es un sol). Millones de gracias, preciosa.

    El premio conlleva responder a diez preguntas, así que allá voy:

    1.- ¿Cómo te definirías a ti misma?
    Uf!!! No, yo no puedo hacer eso. Mejor pregunto y os cuento…
    Mama: "Depende del día: hoy tu aura resplandece. Aunque si cambiases esa blusa blanca por una naranja…"
    Papá: "¿Qué pregunta es esa? ¿Estás bien? ¿Te has peleado con JC?"
    Eli (mi hermana pequeña): "Eres muy tú."
    Sofi (mi hermana mediana): "¿En serio quieres que te responda?"
    Alicia (mi sobrina): "Muy guapa y te quiero mucho y muy buena" (¡palabras textuales!).
    JC: "La mejor" (sí, lo sé, es tan objetivo…).
    Yo: Un desastre, despistada, algo caótica y bastante feliz.

    2.- ¿Qué es para ti la amistad?
    Que no me dejen tirada a la primera de cambio.

    3.- ¿Crees en el amor vía internet? Si crees, ¿te ha sucedido alguna vez enamorarte de alguien por este medio?
    Creo en el amor. Sin más.
   
    4.- ¿Qué te gusta más, el día o la noche?
    El día con diferencia (¡están las tiendas abiertas!). Y me encanta madrugar y ver amanecer en la calle. La noche la dejo para dormir.
 
    5.-¿Para ti qué va antes, el amor o el sexo?
    El amor. Y el sexo. ¿No pueden ir juntos?

    6.- ¿Café con o sin leche?
    Café con leche, espumilla y dos azucarillos. O tres.

    7.- Qué elegirías entre dos cosas, ¿recibir un beso de alguien enamorado de ti pero a quien tú no correspondes o  besar a alguien a quien quieres pero que no te corresponda?
    No, no, no, yo me quedo con JC.

    8.- ¿Qué odias y que te atrae de una persona?
    Odio la intransigencia, la soberbia y la altanería.
    Me atrae la inteligencia, la claridad y la complicidad.

    9.- ¿Crees en el amor a primera vista?
    Amor, así, en plan amor, no. En el flechazo que luego puede ir a más, sí.

   10.- ¿A qué tres blogueros pasarías estas preguntas?
    Esta pregunta es la más difícil (¿sólo tres???). 
    ¡¡¡No, no puedo elegir sólo a tres!!! En serio que lo he intentado, pero soy incapaz. ¡Es que tres son muy pocos! Quizás si fuesen treinta...
   Pero como sólo son tres y yo soy una chica valiente, allá van:
    A Sbm: me encanta tu forma de escribir. Venga, chulo, contesta al menos tres preguntillas de nada…
    A Cruela: ¡¡¡no te vayas!!! Pero si te vas, puedes recoger el premio a la vuelta… Me acordaré de ti y te echaré de menos.
   Y a Celia: preciosa, eres muy valiente y generosa compartiendo tantas cosas con nosotros.


lunes, 19 de diciembre de 2011

¡Soy una chica con suerte!

    Podría resumir en tres los hechos que me han abocado a esta situación:

    Uno.- El insomnio. ¿Cuántos días puede resistir una chica de treinta-y algún-más-años sin dormir de tirón una noche completa? ¿En qué momento las ojeras son irreversibles? ¿Es normal mezclar Lexatín con chardonnay (en dosis bajas, no hay que preocuparse) y no pegar ojo?

    Dos.- El despiste. Llevar el mismo vestido gris dos días seguidos sin ser consciente de que lo has repetido es alarmante, pero coger un bolso marrón cuando llevas el abrigo negro es demasiado. Y si a eso añadimos que debajo del abrigo aparece otra vez el vestido gris, es síntoma claro de que algo no va bien. No, nada bien...

    Tres.- La cana. Te acuestas por la noche intranquila y nerviosa pero sin canas, y te levantas, seis horas después, con una cana.

    ¿Por qué?
    Sólo hay una respuesta a eso: ¡¡¡mi jefe me está quitando la salud, la juventud y hasta las ganas de vivir!!!
    Llegados a este punto, no hay marcha atrás. Me voy.
   Y justo en este punto estoy, abriendo la puerta de la oficina, con el vestido gris que no me quito desde hace tres días (no, no arrugues la nariz que no huele mal; soy una chica muy limpia) y deseando decirle a Eduardo: ¡a tomar viento, pequeño dictador sin piedad!
    —Hola, Lili —me saluda Mai, mi compañera de laboral. Es un sol; la echaré de menos—. No tienes buena cara —comenta preocupada, mientras me quito el abrigo—. ¡Y llevas otra vez el vestido gris!
    Afirmo con la cabeza y me dirijo al despacho de mi jefe.
    No hay un segundo que perder. Y la derrota no es posible: tengo el estado de ánimo perfecto, con el recuerdo de la cana fresco en mi memoria y las ojeras a punto de llegarme a los pies que me proporcionan el valor de una heroína…
    ¡Ups! ¿Qué es esto que hay en el pasillo?
    Mmmm..., vale, “esto” es mi jefe.
    —¡Lili, por Dios! —exclama de malhumor—. ¿Es que no miras al andar?
    No puedo flaquear. Me imagino empuñando una lanza y…
    —Me voy —le digo con una entonación digna de Juana de Arco. En mi cabeza, ya sabes; en la realidad sólo me sale un murmullo.
    —¿Qué dices? —pregunta Eduardo sin interés y continua caminando hacia su despacho.
    —Que me voy —repito detrás de él, elevando un poco más la voz.
    —¿Qué te qué?
    —¡Que me voy! —grito, algo alterada. ¿Está sordo o qué?
    Se gira y me clava los ojillos despiadados en la cara.
   —¿Qué te vas? ¿Cómo que te vas?
   —Pues eso —le digo, perdiendo ligeramente la confianza—. Que me voy.
    —¡Esto es lo que me faltaba por ver! —vocifera—. ¡Tres años aguantándote, tres, y ahora dices que te vas? —¿cómo que aguantándome? Uy, uy, uy, que palabra tan mal empleada…—. ¿Tú sabes la de veces que he pensado en despedirte? ¿Y ahora vienes y me dices que te vas? ¡De eso nada!
    —¿Cómo que de eso nada? ¡Claro que me voy! —contesto, completamente alucinada. ¡O me ata o me largo; no hay otra opción!
    —¡No, no te vas! —responde, totalmente fuera de sí
    —¡Sí que me voy! —¿ves cómo está loco?
   —¡Te digo que no! ¡Estás despedida! —se dirige hacia la mesa de Mai y le dice a voces—: ¡Prepara el finiquito de Lili! ¡¡¡Ya!!!
    Mai me mira con la cara blanca y vuelve la vista a Eduardo.
    —¡¡¡Ya es YA!!! —añade mi jefe, tan rojo que parece al borde del colapso—. ¡Y ten cuidado, no te vaya a despedir a ti también! —Mai lo mira esperanzada, pero el bicho se da la vuelta y se marcha—. ¡Cuando lo tengas me lo traes a mi despacho! ¡¡¡Lo quiero en cinco minutos!!!
   
    Media hora después estoy en la puerta de la oficina, con una carta de despido en una mano y el justificante de la transferencia de pago de mi indemnización en la otra. Vuelvo a mirar la cifra y sigo sin creérmelo.
    ¡Me ha despedido en serio! ¡Y me ha pagado!
    ¡¡¡Bien!!!
    Un sentimiento de libertad me embarga y comienzo a caminar feliz. Cojo el móvil y llamo a JC. ¡Estoy deseando contárselo!
    —¿Qué tal ha ido? —pregunta—. ¿Te has marchado de una vez?
    —No —contesto—, en realidad…
   —¿Cómo qué no? —me interrumpe JC—. Lili, guapa, no puedes seguir así. Ya lo habíamos hablado y estábamos de acuerdo en…
    —¡JC, me ha despedido! —exclamo, radiante—. ¡Y me ha dado 45 días por año de indemnización!
    —¿En serio? ¿Justo hoy que ibas a decirle que te marchabas? —mi novio se echa a reír—. ¡Chica, lo tuyo es suerte!
    —Sí, algo así —respondo.
   JC sigue hablando pero ya no le escucho. He llegado a mi destino; aprieto con fuerza en la mano derecha el justificante de mi indemnización mientras todos mis sentidos conocidos y algún otro que no sabía que tenía están concentrados en el escaparate de Chanel.
    ¡¡¡Y en el 2.55!!!
    ¿Cómo dices?
    Ya, lo sé… Estoy en el paro, con un posible aunque no muy probable trabajo de administrativa en una agencia de detectives, en plena crisis…
    ¡Pero es el 2.55! ¡En rojo!
    ¿Qué hago, madre de Dios?
    Sólo se me ocurre una cosa. Cruzo la calle Ortega y Gasset y entro en un bar.
    —Una copita de chardonnay —le pido al camarero, que me mira con cara de "pequeña, son las diez de la mañana y está claro que tienes un problema". Lo ignoro, ¡qué sabrá él!
   ¡Voy a celebrar que no tengo que volver a ver a Eduardo.!
   Lo del 2.55…,  eso ya lo pensaré mañana... De todos modos, nunca podría entrar en Chanel con un vestido gris.


    PD.- Sofi y Eli, sin vosotras tampoco podría hacerlo!!!
 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Compras navideñas..., otra vez!

    He tomado una decisión que va a cambiar el rumbo de nuestras vidas. A partir de aquí habrá un antes y un después; cuando JC y yo seamos viejecitos reviviremos este momento. Él me dirá que fue una idea increíble y yo sonreiré, mientras horneo un pastel de manzana y espero a que lleguen nuestros nietos…, mmmm…, mejor sobrinos nietos…, y veo mi maravillosa colección de 2.55 colgados en la percha de la entrada…
    ¿Que de qué hablo? Bueno, he pensado que los colocaré ahí, para verlos al entrar y al salir de casa…
    ¿Cómo?
    ¡Ah!... Preguntabas por mi decisión… Espera que me sitúe en el presente…
   ¡Sí, ya lo recuerdo!: este año vamos a hacer las compras de Navidad juntos y con al menos tres semanas de antelación. Nada de correr el último día por los pasillos de El Corte Inglés. Y nada de encargarme yo de todo. ¡Este año JC y yo vamos a ser un equipo!
    —¡Ya estoy lista! —le digo a mi novio, que está inmerso en una cruenta batalla del Battlefield no-se-qué (*)—. Cuando quieras nos vamos.
    —No sé, Lili —responde, sin separar la vista de la pantalla del ordenador—. Me encuentro regular. Creo que tengo un virus —añade, mientras sus dedos aporrean el teclado de forma sistemática.
    —¡Venga ya! —¡todos los años igual, no me lo creo!, pero esta vez no cuela—. ¡Si tienes una cara de salud que tira para atrás!
    —No, en serio, creo que tengo fiebre —añade sin mirarme. En estos casos estoy segura de que no le importaría ser un poco bizco, aunque fuese para disimular: un ojo en el juego y otro en mí.
    Bien, de modo que esas tenemos…
   Voy al baño a por el termómetro.
    Porque nosotros teníamos un termómetro…
    ¿Dónde está el puñetero termómetro?
    ¡Ajá, en la caja de las medicinas!
    Con paso lento me acerco al salón y camino silenciosa hasta el sofá, donde JC continúa en una orgía de tiros y sangre.
   —Toma, guapo —se lo ofrezco.
  —¡Ahhhh! —exclama mi novio, haciendo un movimiento espasmódico con el ratón—. ¡Lili, por Dios, que me acaba de matar un francotirador!
   —El termómetro —adopto un tono de profesora de escuela de los años sesenta (las de ahora son muuuucho más blandas) y le digo—: Póntelo.
    JC mira la pantalla y vuelve la vista hacia mí.
    —¡Ya! —añado.
    No te confundas, no soy una chica mandona; más bien afirmaría que todo lo contrario. Pero en toda relación de pareja existe una línea que no se puede pasar. Y en el caso de que esa línea se haya pasado y requetepasado durante las últimas siete navidades, hay que adoptar medidas drásticas.
    JC, gran chico, el mejor, coge el termómetro y se lo coloca en la axila. Dos minutos después, empiezo a pensar que el universo entero está en mi contra.
    —¿Lo ves? —y anuncia sonriente—: treinta y ocho de fiebre.
    Miro la temperatura por quinta vez y alucino.
    —¿Cómo lo has hecho? —le pregunto. Durante mis años de EGB, BUP y COU nunca logré nada parecido. ¡Ni tan siquiera rocé los treinta y siete!
    —Ya te lo he dicho: tengo un virus —contesta, y vuelve a la batalla online.
    JC es increíble… Y yo me siento fatal. Mirándolo fijamente, igual sí que tiene un poco de mala cara. ¿Cómo he podido dudar de él?
    —¿Quieres que te traiga un Frenadol? —le pregunto con un horrible sentimiento de culpabilidad.
    —No, que me atonta y pierdo reflejos —responde, enfatizando aún más el martilleo de sus dedos sobre las teclas—, y estoy a punto cargármelos a todos.
     Lo observo y de repente lo sé.
    ¡Hay truco! ¡Ha vuelto a escaquearse!
   ¿Pero cómo?
   
    (*) Estimados señores del Battelfield no-sé-qué: he pensado que podíamos dejar que el sentimiento navideño nos embargue a ambas partes y adoptar una tregua: ustedes no cuelgan ningún mapa nuevo hasta el siete de enero, y yo…, yo les estaré eternamente agradecida.
    ¡Ah! Y si pudiesen lanzar un arma especial o algo guay justo para el siete o el ocho de enero, mi agradecimiento ya sería infinito. Sí, coincide con el inicio de las rebajas… Pura casualidad…

¿Estás seguro?

JC, guapo, con lo listísimo que eres y lo mucho que te quiero..., ¿de verdad crees que es buena idea que vaya yo sola a comprar los regalos de navidad?


¡¡¡No, nada de amenaza!!! ¿Por quién me tomas?
Es únicamente una pregunta...
Y de lo más inocente...

sábado, 10 de diciembre de 2011

Teoría de una conspiración

    He quedado a comer con mi cuñado Javi, el hermano de JC, que aparte de ser un tipo estupendo, tener muchísimo estilo y llevar un corte de pelo divino, conoce a todo el mundo y me va a presentar al director de una supergestoría. ¡¡¡Bien!!!
    Sé lo que estás pensando. ¿Y la agencia de detectives? No, no lo he olvidado, que trabajar cerca de un 2.55 tiene que ser muy guay, pero no puedo dejar pasar ninguna posibilidad, y menos con Eduardo, mi jefe, al borde de la esquizofrenia.
    El restaurante está en la acera de enfrente. Miro mi reloj y veo que me da tiempo a comprar un periódico de economía; Javi me ha dicho que eso viste mucho y aporta seriedad y profesionalidad a cualquiera. Sí, lo sé, yo también creo que necesito un poquito de ambas cosas.
    Me acerco a un quiosco y echo un vistazo por encima.
   Mmmm…, no los veo. ¿Dónde están esos diarios?
    —Disculpe —le digo al quiosquero; espero un instante a que me mire…, y espero otro…, y espero otro más…, y continúo—: ¿No tienen algún periódico de economía?
    —Sí, están por ahí —señala un punto lejano en el horizonte, que abarca desde el este hasta el oeste, pasando incluso por el cielo y el subsuelo, y sigue leyendo el Marca.
    Hago un giro con el cuello que habría dejado a mi profesora de yoga alucinando y sigo sin localizarlos.
    —Perdone, pero no los veo —insisto, toda dulzura y educación.
    —Están ahí —y vuelve a marcar un arco de ciento ochenta grados con el brazo.
    La cosa no va bien, no. Abro mi bolso, cojo una piedra rosa que me dio mi madre hace unos días y que equilibra no-se-qué energías y se la lanzo a la cabeza.
    Mentalmente, por supuesto.
    En la realidad, la aprieto fuerte en mi mano y respiro profundo.
    —Si pudiera ser más —amable, simpático, considerado, educado, servicial, cortés…— concreto.
    El tipo levanta la vista del Marca y me mira con hastío.
    —“Ahí” —y dirige el dedo índice hacia un rinconcillo del mostrador—, significa “ahí”.
    —Gracias —contesto, satisfecha por el dominio de mis propios impulsos. ¿Para qué fingir contigo?; si fuese por mí le habría mandado al quinto pino, pero no puedo llegar a la cita con los nervios de punta y el aura llena de oscuros pensamientos.
     Me acerco al lugar que me ha señalado y…
    ¡Arghhhh! ¿Pero qué es eso?
    ¡¡¡Qué asco, por Dios!!!
    ¿Hacer algo así con un…, no sé ni lo que es, es legal?
    ¡Madre mía, si parece una… vaca! (*)
    Me estoy mareando, en serio… ¿Este tío se ha vuelto loco o qué?
   —Señora, disculpe —el quiosquero-depravado sale de detrás del mostrador y se acerca a mí con un pañuelo—. ¿Se encuentra bien?
    Trato de recuperar el equilibrio y lo miro con cautela.
   —Señorita —le corrijo con frialdad, pero de pronto me doy cuenta del error—: Señora, sí, y mi marido me está esperando justo en la esquina.
    —Bien, si quiere le aviso —y se acerca cada vez más, con el pañuelo en la mano.
    En mitad del mareo, mis súper-reflejos se ponen en marcha y veo lo que sucede con absoluta claridad.
    ¡Madre mía, seguro que tiene cloroformo y va a dejarme inconsciente! ¡Y luego me secuestrará y pedirá un rescate! ¡Y JC lo pagará, y yo me volveré a quedar sin mi 2.55 esta Navidad!
    —¡Quieto ahí! —le digo en voz alta. El hombre se queda paralizado—. ¡Ni se le ocurra acercarse o me pondré a gritar!
    —Señora, si quiere llamo a una ambulancia —y comienza a agitar el pañuelo, haciendo que llegue hasta mí una ligera brisilla.
   —¡Señorita! —le corrijo, por la fuerza de la costumbre, pero de nuevo mis súper-reflejos salen a relucir—. ¡Señora, sí! ¡Y no agite el pañuelo! ¿Cree que no me he dado cuenta de lo que pretende?
    ¡Pertenece a una mafia! ¡¡¡Con ambulancias y todo!!!
    —Señora, perdone pero no entiendo nada —y de nuevo inicia la marcha hacia mí.
    —¡Señorita! —insisto—. ¡Señora! —añado.
    —¿Lili? —oigo una voz a mis espaldas. Me giro y es Javi. ¡Salvada! —. ¿Estás bien? ¿Tienes algún problema con este hombre?
   —No, a mí no me meta, que yo sólo pretendía hacerle un poco de aire —contesta el quiosquero—. Se quedó muy pálida de pronto y empezó a gritar —y se lleva un dedo a la cabeza, en clara señal de locura—. ¡Está como una cabra!
    Me abrazo a Javi y le digo bajito, para que no me oiga el psicópata:
    —Ese tipo está loco y quiere secuestrarme y lleva un pañuelo con cloroformo y…
    —Lili —me interrumpe Javi, pero no le hago caso. Necesito que tenga toda la información, antes de que sea demasiado tarde.
    —… y va a pedir un rescate, pero en realidad es el jefe de una cuadrilla de mafiosos que controlan las ambulancias de la ciudad y están experimentando con un nuevo virus de una cepa rarísima y… —un momento…
    ¿Cómo sé yo eso? Levanto la vista hacia Javi, que me observa atónito.
    Despacio, los recuerdos se abren camino en mi cabeza…
    No puede ser…
    ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
    ¿¿¿Con lo normal que soy yo???
    Le hago un gesto de silencio con la mano a mi cuñado y comienzo a caminar hacia el frente. 
    —¡Señora! —exclama el quiosquero, con un ligero mosqueo en su voz —¿Tanto grito y no compra nada?
    —¡Señorita, cacho garrulo! —le grito, sin volver la cabeza y cogiendo cada vez más velocidad en mis pasos
    —¿Qué pasa? —pregunta Javi, que me sigue un metro por detrás—. ¿Llamamos a la policía?
    Mmmm…
    No…, no creo que sea necesario…
   Quizás la clave esté en no leer una novela de misterio y beberme media botella de chardonnay en una sola noche… Así no hay forma de distinguir entre una conspiración real y una imaginaria.

(*) Aclarar, ante ciertas dudillas suscitadas, que la revista que el quisoquero-depravado me indicó (probablemente por error, digo yo), lejos de ser de economía,  estaba orientada a un público un tanto especial..., ya sabes..., JC dice que eso se llama zoofilia... Llámame ignorante, pero yo no sabía que eso existía.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Casi, casi...

    JC está raro, pero que muy raro. Te contaré los hechos para que puedas juzgar por ti mismo.
   
    Hecho número uno:
    Martes, seis de la tarde. Estamos dando un paseo por Goya cuando lo veo. Es un flechazo de los de antes, de los de siempre: un flechazo de verdad.
    —¡Mira! —exclamo, y se lo señalo extasiada—. ¡Es precioso! —JC sigue la dirección de mi dedo y guarda silencio—. Necesito verlo de cerca —y tiro de él hasta llegar a una chica que empuja un carrito con un bebé y lleva el pañuelo más maravilloso que he visto nunca, en tonos ocres y turquesa—. ¿Tú lo ves bien? —le pregunto a mi novio en voz baja. No soy capaz de distinguir la etiqueta, ni el logo, ni nada.
    Quizás si me acerco un poquito más, con disimulo…
    —¡Oh, disculpa! —¡madre mía, casi me cuelo en el carricoche!
    —No te preocupes —responde la chica rubia, mirando embobada un montón de mantitas rosas que ocultan un bulto—. Es una niña. ¿Quieres cogerla?
    ¿Yo? ¿A quién? No se referirá al bebé… ¿Para qué quiero yo coger un bebé? Aunque quizás así vea mejor…
    —Mmmm…, sí bueno —y me pasa el bultito escurridizo. Trato de colocarlo como puedo y me centro en el pañuelo.
    Después de cinco minutos sin conseguir averiguar si es de Uterqüe o de Bimba y Lola (seguro que lo he visto en una de esas dos tiendas), JC me da un codazo.
    —Lili, guapa, devuélvesela —murmura y mueve la cabeza hacia la chica, que me mira con cara de susto.
    —¿Que le devuelva qué? —¡si lo tiene ella! ¡El pañuelo sigue en su cuello!
    La chica rubia estira los brazos hacia mí y…
    ¿Qué es esto que tengo pegado al cuerpo?
    Ups…, el bebé… Sí, mejor se lo doy…

    Hecho número dos:
    Miércoles, siete de la tarde. Vamos a comprar un regalo para Anestesia (ésta es otra historia; ya te la contaré mañana) (o pasado mañana) cuando lo veo en el escaparate de Uterqüe.
    ¡Es mi pañuelo! Oh, es aún más bonito de lo que pensé…
    ¡Te juro que si yo fuera pañuelo, sería justo ese pañuelo! ¡Lo quiero!
    No, eso no es suficiente; esa frase no transmite la intensidad de mis sentimientos. ¡La verdad es que lo necesito con desesperación! ¡No me imagino todo un invierno sin él!
    ¡Ni tan siquiera me imagino una hora sin él!
    —¡JC! —le digo a mi novio—. ¡No puedo vivir sin uno de esos! —y se lo señalo con la emoción pintada en la cara.
    ¡Eh! ¿Qué hace ahí ese crio? ¿No será capaz de coger mi pañuelo con las manos llenas de piruleta?
    ¡Ohhhhh! ¡Lo está dejando hecho una pena! ¿Pero dónde está su madre, por Dios?
    —¿Te lo puedes creer? —le pregunto a JC, que está un poco pálido. Siempre ha tenido mucha empatía con estas cosas.
    —No, la verdad es que no —y me arrastra lejos del escaparate. Hace bien, porque ese crío estaba corriendo un serio peligro…

    Hecho número tres:
    Viernes, hora de la siesta.
    —Lili, despierta —me dice JC, dándome un golpecito en el brazo.
    —Mmmmm…
    —Lili, guapa… —insiste. Me doy la vuelta y lo ignoro; para un puente que tiene una…
    —¡… y eres una madre de m….! ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh!
    Abro los ojos de golpe y me incorporo. ¿Pero qué está viendo este chico en la tele? ¿Algo de Stallone?
    —Supernnany —me dice, sonriendo—. Un programa interesantísimo.
    —Vale, pero bájale la voz, que tengo sueño —contesto, amodorrada.
    —¿No quieres verlo? Para que sepas de qué va el asunto…
    —¿Yo? —le pregunto, sorprendida—. ¿Yo? —insisto—. No.
   —Siempre es bueno saber a lo que te enfrentas —contesta con tono misterioso—. Y conocer bien lo que quieres —añade, elevando el volumen de la tele.
    —¡JC, baja eso, por favor! —le pido a voces, que se pierden entre llantos y chillidos.
    ¿Ves a lo que me refiero? Mi novio ha perdido la cabeza...
    ¿Qué? ¿Cómo dices?
    ¡No…!
    ¿En serio crees que puede tratarse de eso? Espera, que voy a releer lo que te he contado…

    Eh… Sí, puede ser…
   ¿Qué hago, madre mía? Tanto poder en mis manos me sobrepasa, la verdad. Mejor ir con cuidado, que hay mucho en juego.
    —¿Sabes lo caro que es una guardería? —le pregunto con naturalidad—. Casi quinientos euros —es un decir; entre tú y yo, no tengo ni idea de lo que cuesta, pero JC tampoco.
    —Hay que pensárselo mucho, sí —contesta, prudente.
    —Sí, llevas razón. Y si multiplicas quinientos, o seiscientos, porque yo quiero una guardería bilingüe, por doce meses… —JC se queda blanco y lo veo pensando en números que se vuelven rojos y lo devoran.
    —Ya ves, comparado con eso, dos mil euros no son nada —y cruzo los dedos, con el corazón latiéndome muy fuerte…
    Mi novio afirma con la cabeza y de repente se queda inmóvil. Me mira y lo sé…
    He perdido.
    —¡Tú no quieres un bebé! —exclama, aliviado.
   —¡A lo mejor sí! —respondo, agarrándome a una última esperanza—. Pero me conformo con un 2.55.
    JC rompe a reír.
    Vaya…, con lo cerca que ha estado esta vez…

lunes, 5 de diciembre de 2011

¡¡¡ Yo dimito !!!

   —¡Lili, ha venido un vecino a traerte unas llaves! —me dice JC desde el dormitorio cuando abro la puerta de casa—. ¡Dice que las ha encontrado en el jardín!
   —¿Unas llaves? ¿De qué? —pregunto y me dirijo hacia la voz, que está quitándose la corbata (mmmm…, algún día te contaré lo mucho que me gusta cuando se quita la corbata).
    —De un piso, ¿de qué va a ser? —responde, riéndose.
   Ya, ya, ya… Me olvido de la corbata y me centro en la conversación.
   —¿Y por qué me las trae a mí? —no lo entiendo. ¿Soy “objetos perdidos” o qué?
  —Porque eres la presidenta, guapa —contesta—. Ya sabes, te presentaste voluntaria en septiembre y…
   Pero no sigue, porque llaman al timbre. Envuelta en oscuras meditaciones en torno a lo despacio que pasa el tiempo (¿hace sólo tres meses que tuve ese pequeño lapsus?; ¡venga ya!) abro la puerta.
    —¡Lili, me han robado! —chilla Monikey y se cuela en la entrada—. ¡Tienes que llamar a la policía!
    ¿Cómo ha podido pasar por un espacio tan estrecho? ¡Si sólo he abierto la puerta dos centímetros, por Dios!
    —Buenas noches, Monikey —la saludo cortés, manteniendo las distancias.
    —¡Nada de buenas noches, Lili! —entra en el salón y se deja caer en el sofá—. ¡Me lo han quitado todo! —levanta las manos al techo y recalca—: ¡¡¡Todo!!!
   —¿Todo? —pregunto dubitativa. No me quiero dejar llevar, que esta chica está muy loca, pero una ligera inquietud se abre paso en mí.
   —¡Todo¡ ¡Absolutamente todo! —apoya el brazo en el sofá y comienza a llorar.
   ¡Ay, madre!
   —¿Y por qué no has llamado a la policía ya?
   —Lo he hecho, pero no me hacen caso —dice en voz baja, entre suspiros y gemidillos.
   “No me extraña”, pienso para mí; seguro que tienen miles de millones de llamadas falsas y ahora no se fían.
   —¿No te extraña? —pregunta Monikey, mirándome con ojos llorosos…
   Ups. ¿Pienso en voz alta? ¿O esta pirada lee la mente?
   —No te preocupes, que llamo yo —y marco el 091. ¡Qué no se diga que no me entrego como presidenta!
   Tras unos segundos de espera, una voz de hombre contesta al otro lado de la línea.
   —Policía, ¿dígame?
   —Buenas noches, soy Lili Díaz, presidenta de la comunidad de propietarios de Granada 81 —respondo, el título lo primero.
   —¿Cuál es la emergencia? —me pregunta la voz, desprovista de todo sentimiento.
   —Han robado en casa de una vecina. Se lo han llevado todo —contesto y miro a Monikey, que asiente desde mi sofá.
   —¿Granada 81, me dice?
   —Sí
   —¿La vecina es Monikey Balonso?
   —Ahá —asiento—. Entiendo sus sospechas de falsa alarma, que Monikey es un poco especial —le digo al agente, bajando la voz—, pero esta vez va en serio.
   —Señora Díaz… —responde el agente.
   —Señorita —le corrijo.
   —Sí, lo que sea —continúa la voz—, lo siento, pero no podemos hacer nada.
   —¿Nada? ¿Cómo que no pueden hacer nada? —no me lo creo—. ¡Tengo a esta pobre mujer llorando a moco tendido en mi sofá porque se lo han llevado todo y me dice que no pueden hacer nada?
   —Señora Díaz, por favor…
   —¡Señorita! —¡que tío más torpe!
   —Bien, señorita, cálmese y…
   —¡Estoy calmada! —y añado—: ¡Muy calmada!
   —Bien… —oigo como el agente respira fuerte al otro lado y continúa—: Le he dicho a la señora Monikey Balonso que lo que tiene que hacer es cambiar las cerraduras, pero que no puedo mandar una patrulla de vigilancia porque haya perdido las llaves.
   Un momento… 
   ¡No, no puede ser…!
   —¿Ha perdido las llaves? —pregunto incrédula al teléfono y miro a Monikey—. ¿Sólo has perdido las llaves? ¿Eso es que se lo han llevado todo?
   Monikey asiente con la cabeza.
   —La llave de casa, la del portal, la del garaje, la del trastero…, todo…

   Media hora y media botella de chardonnay después, me siento mejor.
   —Yo dimito —le digo a JC, que me rellena la copa comprensivo y me pasa el plato de pistachos—. Mañana mismo.
   —No creo que puedas dimitir, cariño —responde acariciándome la espalda.
   —¿Y qué hago? ¡Porque yo acabo loca! —o psicópata; la idea de matar a Monikey empieza a tomar fuerza en mi cabeza…
   —Ya queda menos.
   —¡Queda un montón!
   —Bueno, lo que puedes hacer… —comienza JC, y se calla; me dirige una mirada maliciosa que me descoloca— …en la próxima junta…
  —¿Sí? —lo miro expectante.
  —Puedes volver a presentarte voluntaria —y se va corriendo hacia el dormitorio justo a tiempo de escapar de las cáscaras de pistachos que he tirado en su dirección.
   ¡No puedo creerme tan poca solidaridad!

jueves, 1 de diciembre de 2011

Esto es muy fuerte !!! Incluso para mí ...

    ¡Tengo una entrevista de trabajo! ¡Bien!
    ¿Que cómo puede ser? Ya, yo también me lo pregunto…
    Creo que es por mi perfecto dominio del inglés, y por mi amplia experiencia laboral, sin olvidar mi control absoluto del paquete Office y esas cosas. Y quizás también porque un amigo le comentó a mi padre en la panadería que su hija Bárbara iba a abrir un despacho de abogados, y una cosa llevó a la otra, y aquí estoy.
    —Lili, tú sé natural —me aconsejó mi progenitor anoche—, pero no demasiado, ya me entiendes.
    —Sí, Lili, y vístete de naranja, que es un color muy dinámico —añadió mi madre—. Y trata de no disgustarte hasta después de la entrevista, que acabo de limpiarte el aura.
    Los miré a los dos alucinando y me fui a casa inmersa en una profunda meditación: si hay algo raro en mí, la culpa es de ellos, eso fijo.   
    Ahora estoy esperando en el descansillo a que me abran la puerta y los nervios van a matarme. Bueno, quizás sería más exacto decir que estoy esperando a que la mano deje de temblarme para llamar al timbre para que me abran la…
    —¡Ups! —exclama una chica morena y bajita a mis espaldas—. ¿Habías llamado?
    —No —respondo indecisa—. Estaba a punto de hacerlo
    —¿Lili? —pregunta—. Yo soy Bárbara, pero puedes llamarme Barbi —me planta un par de besos en las mejillas—. ¿Me puedes sujetar el bolso mientras abro la puerta? Disculpa que llegue tarde, pero he estado en…
    Me apoyo en la pared mientras trato de que mi respiración recupere su ritmo normal. ¡Me ha dado un 2.55! 
    ¡Auténtico! 
    ¡Y rojo!
    —…y parece imposible que entiendan que una estantería en color blanco roto no es lo mismo que en blanco hueso…
    Continúa hablando pero yo no la escucho. Todos mis sentidos están puestos en el bolso y en cómo salir de allí corriendo con él sin que me pille.
    —… además de ser complicadísimo poner en marcha un despacho, la verdad, de modo que necesito gente de máxima confianza —¿qué hace?, ¿por qué está tirando de mi 2.55?—. Ya puedes devolverme el bolso, gracias —y me mira fijamente.
    —Sí, claro —respondo con el corazón encogido. ¡Qué poco dura la felicidad, pero qué poco!
    —Bien, Lili, si pasas a mi despacho podemos comenzar la entrevista.
    ¡No, no me pidas que te cuente la conversación! Comprenderás que no puedo tener un 2.55 delante y estar atenta a nada más, de modo que me pongo en modo off y lo miro…
    —¡Es fabuloso! —exclama Bárbara, trayéndome de vuelta a la realidad de golpe—. ¡Eres justo lo que buscaba!
    ¿Yo? ¿Habla de mí?
    —Derecho, contabilidad, dos idiomas —bueeeno, entre tú y yo: en un momento de optimismo añadí al currículum “francés, nivel medio hablado y escrito”. ¡Eh!, ¿por qué te ríes?; leo la edición francesa del Vogue y la entiendo perfectamente—… de modo que el puesto es tuyo.
    —¿¿¿Sí??? —la miro sorprendida y feliz. ¿Cómo es posible? ¡Debe de ser la influencia del 2.55, que me vuelve más profesional!
    Bárbara mueve la cabeza en un gesto de asentimiento. ¡¡¡Yupi!!!   
    —Comenzaríamos en enero, si consigo que me traigan el mobiliario y los equipos de escucha y grabación a tiempo —me informa y se pone de pie—. Siempre que no tenga más problemas con la licencia.
    ¿Licencia? ¿Qué licencia?
    —¿Colegiarte, quieres decir? —le pregunto, despistada.
    —No, la licencia de detective privado. ¿Cómo pueden tardar tanto en dármela? Tendré que hablar con papá, a ver si él puede agilizarlo un poco.
    —¿Detective privado? —no lo entiendo; ¿no es esto un despacho de abogados?
    —Agencia de investigación Barbi & Cia, ¿qué opinas? —pregunta mientras me acompaña hacia la salida—. Y el letrero en rosa, por supuesto.
    —Sí… —murmuro bajito. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado aquí?
    Un momento…, ¡igual no es la Bárbara hija del amigo de mi padre, igual es otra Bárbara! ¡Madre de Dios, me he equivocado de entrevista!
    —Te llamaré la próxima semana para firmar el contrato. Y dale recuerdos a tu padre —no, no me he equivocado; me empuja sutilmente hasta la puerta, me planta dos besos en las mejillas y cierra tras de mí.
    ¡Esto es muy fuerte!
    Mientras bajo en el ascensor, busco el teléfono y marco el número de mi padre.
    —¿Lili? —pregunta al otro lado de la línea—. ¿Ya has salido de la entrevista? ¿Qué tal?
    —Sí, ya he salido y ha ido bien, ¿pero tú no me dijiste que era un despacho de abogados? —le digo, todavía flipando.
    —Sí, un despacho —responde, y oigo la voz de mamá de fondo—. Dice tu madre que de qué color te has vestido.
    —A ver, papá, ¿un despacho de qué? —insisto.
    —De lo que son todos los despachos, de lo tuyo…, espera…, tu madre dice que el azul también va bien con tu aura —me separo el teléfono y lo observo. No parece que él tenga la culpa, de modo que lo apago y lo guardo en el bolso.
    ¿Y ahora qué? ¿Lili, investigadora privada?
    JC no se lo va a creer…

domingo, 27 de noviembre de 2011

La revelación

 Viernes, 25 de noviembre de 2011    
    Me acabo de levantar y casi me muero del susto. ¿Qué me ha pasado en la cabeza?
    —¡JC! —¿pero qué es esto?—. ¡Ven!
    —¿Qué pasa, guapa? —me pregunta mientras se hace el nudo de la corbata.
    —¡Mira! —y le enseño el pelo acartonado. JC se acerca y lo examina, mientras el pánico me recorre el cuerpo.
    ¿Dermatitis? ¿Seborrea? ¿Calvicie? ¡Madre mía, a mis treinta-y-alguno años más y calva! ¡Tendré que comprarme una peluca!
     —Es nata —dice JC.
    ¡Ohhhhhh, una peluca! Puedo aprovechar y probar con un rubio platino, a lo Marilyn, que yo siempre he sido rubia de corazón. O con un pelirrojo estilo Rita Hayworth…
    —Lili —miro a JC, extasiada ante la imagen de una melena ondulada—. Es nata.
    —¿Nata? —no lo pillo.
    —De los profiteroles de anoche, supongo. 
    —¿Y qué hace ahí? —le pregunto, despistada; él eleva los hombros en un signo de interrogación—. ¿No me voy a quedar calva?
    JC suelta una carcajada y se va hacia el dormitorio para terminar de vestirse.
    —¡Por ahora no!
    Me huelo el pelo y…, parece nata. Un poco rancia, quizás. 
    ¡Argh, que asco! ¿Qué hago, por Dios? ¡Qué es tardísimo! Quizás si me lo recojo en una coleta…
   —¡Lili, llaman a la puerta! —grita JC desde el dormitorio
   Ya lo sé, no estoy sorda. ¡Pero no puedo abrir con el pelo así! ¿Y quién llama a las ocho de la mañana?
    Me acerco de puntillas y echo un vistazo por la mirilla.
   —¡Lili, soy Monikey, la antigua presidenta! —sí, es ella, impecable en un traje negro—. ¡Lili! ¿Estás ahí? ¡He visto luz por la ventana! ¡Lili!
    Abro la puerta y la saludo, educada aunque con un punto de frialdad. ¡Qué no son horas!
    —Buenos días, Monikey.
   —¡Lili, tenemos una emergencia! —exclama, con el espanto pintado en la cara; la miro con suspicacia y espero—. ¡Han alterado la fachada del edificio!
    —¿Que han hecho qué?
    —¡La fachada del edificio, la han alterado! —insiste, elevando la voz—. ¡Un horror, no imaginas!
    ¡No me lo creo!
    —¿Cuándo? ¡Si anoche estaba todo bien!
    —No lo sé,  pero es algo terrible —y añade:— ¡Una pesadilla!
    —¿Pintadas, tal vez? ¿Un grafiti? —le pregunto, tratando de situarme. Cuando JC y yo volvimos de cenar estaba todo bien. ¿Qué ha podido pasar en ocho horas? Puede que las copas de chardonnay y el cóctel me nublasen un poco la visión, pero aun así…
    —¿Crees que te molestaría a estas horas por una pintada? —me pregunta Monikey ofendida; me trago el “sí” rotundo y guardo silencio—. ¡Es algo atroz!
    ¡Vale ya me ha asustado, que yo tengo el sentido estético muy desarrollado y una aberración en la fachada de mi casa seguro que me causa algún trastorno nuevo!
    —¡Espera dos minutos, voy a vestirme! —y me lanzo hacia el dormitorio, donde JC  me mira con guasa—. ¡Eh, no te rías! —le digo con cierto rencorcillo, y se le escapa una carcajada—. ¡Nunca vivirás lo suficiente para agradecerme que sea yo la presidenta, ni aunque sean mil años! —y me doy la vuelta cual diva ofendida directa al baño para echarme un poco de rímel (que eso siempre ayuda en situaciones de crisis).
    Veinte minutos después estoy segura de que Monikey ha perdido la cabeza.
    —¿Qué podemos hacer? —pregunta escandalizada.
    —¡Nada! ¿Qué quieres que hagamos? —no me lo creo. ¡Esta chica esta como una cabra!
   —¡Eso no se puede quedar ahí!—y señala las cortinas del vecino del primero, a listas naranjas, verdes y amarillas.
    Feas, sí. Legales, también.
    Miro mi reloj: tengo cinco minutos para lavarme el pelo y quitarme la pegarra de los profiteroles, secármelo, maquillarme, vestirme de nuevo, coger el bolso y llegar al trabajo. Paso de todo menos del bolso.
    Dirijo a Monikey lo que espero que sea una mirada mortal.
   —¡Si me quedo calva, será por tu culpa! —le digo entre dientes, y añado un “¡bicho, que eres un bicho!” mientras echo a correr y pienso que el karma no me está tratando cómo yo esperaba: si para esto soy buena, prefiero ser mala, que me lo paso mejor (*).
    El día transcurre lento entre olorcillo a nata agría y gritos de Eduardo. Cuando estoy decidida a  entrar en el baño con las tijeras y acabar con mi agonía (¡no, hombre, no!; ¡no hablo de suicidio, no seas exagerado!; sólo de cortarme el pelo), el reloj marca las siete. ¡Bien! Cojo el abrigo, el bolso y salgo pitando.
    En el autobús me quedo al lado de dos viejecillos. Calvos. Sin ni tan siquiera un pelo que huela a nada. ¡Qué envidia!
    —Es lo que le decía yo a mi Mari, que los curas no se van a casar nunca —comenta uno—. Eso es imposible.
     —Ya, por lo del celibato —contesta el otro—. Aunque alguno te dirá que celibato y matrimonio es lo mismo —y se echan a reír de buena gana.
    —¡No, no lo digo por eso! —responde el primero, secándose los ojos llorosos de la risa—. Es por la herencia: si el cura se muere y no tiene familia, hereda la Iglesia, pero si tiene mujer e hijos, heredan ellos, y eso el Vaticano no lo puede permitir.
   ¡Madre mía, es cierto; menuda revelación! Miro a los viejecillos con solemnidad (¡cuánta sabiduría!) y lanzo un gracias silencioso al karma.
    ¡Estoy deseando contárselo a JC!
    ¡Y a Eli, que hoy tiene catequesis! ¡Esos niños tienen derecho a conocer la verdad!
    ¡Que paren este autobús!
    ¿Cómo dices?... ¿Mi pelo? ¿Acabo de oír uno de los grandes secretos de la historia y pretendes que me preocupe por mi pelo?
    Mmmm….
   Sí, es verdad… Mejor dejo lo de la catequesis de Eli para mañana, no vaya a ser que los niños me vean aparecer y me confundan con el diablo.

 (*) Buena es poco: ¡una santa, diría yo! Lo digo por el secreto que aún guardo sobre Anestesia...

martes, 22 de noviembre de 2011

Gloria (Relato)

  
  ¡Al fin ha llegado el día, el gran día!
   Lanzo las mantas a los pies de la cama y me asomo descalza a la ventana: hace un día precioso. La primavera brota por todos los rincones del jardín, llenando cada espacio de vivos colores y alejando el duro invierno hasta convertirlo en un recuerdo pasado. Incluso el rosal que plantó mamá hace unas semanas se ha rendido a la vida y luce orgullosos capullos.
    Desde la ventana de mi habitación, en la segunda planta, distingo al ama de llaves, Pilar, mi dulce y querida Pilar. Está dando órdenes a un puñado de hombres que se afanan colocando sillas y mesas para esta noche.
    —¡Pilar, buenos días! —le grito a la vez que agito las manos.
    —¡Niña, métete para dentro, que te vas a acatarrar! —me riñe, haciendo gestos con los brazos.
    Le hago caso: la experiencia me ha demostrado que siempre lleva razón, y por nada del mundo querría caer enferma justo hoy.
    —¡Gloria! —me llama una voz extraña que decido ignorar. Las horas pasan veloces y tengo muchas cosas que hacer.

* * *

    —Estoy tan nerviosa —le digo a Pilar, que me peina frente al tocador.
    —Lo sé, mi niña —contesta sin dejar de acariciarme el cabello—. Hoy empieza todo.
    —¿Y qué haré? —le pregunto asustada.
    —Lo que quieras, Gloria. A partir de hoy eres libre para decidir.
    —Quizás me haga maestra.
    —Buena idea —coincide Pilar, colocando un pasador con forma de estrella entre los suaves rizos rubios de mi cabeza—. Lo harás bien.
    —¡Gloria, por favor, abre la boca! —de nuevo la voz irrumpe, insistente. Y de nuevo la ignoro. Aún tengo que vestirme.
    Los invitados están a punto de llegar: es la fiesta de mi mayoría de edad.


* * *

       Entro en la gran mansión buscando a Pilar. Las risas y el champán me siguen al interior. Y también la felicidad.
    La encuentro en la cocina, tomando un té y unas pastas. Me lanzo hacia ella y la abrazo fuerte.
    —Gracias —le susurro al oído.
    Ella se ríe y me separa suavemente.
    —¿Por qué, mi niña?
    —Por creer en mí; por decirme que los sueños se pueden hacer realidad. Por quererme tanto.
    —¡Gloria, o abres la boca o tendré que llamar al enfermero!
    De acuerdo. Lentamente salgo de la cocina, dejando en ella a Pilar, y atravieso los salones hasta llegar al jardín. Poco a poco los árboles se van borrando y el césped fresco se difumina. La gente enmudece y se vuelve invisible; cesan las voces y la alegría. Y sólo quedo yo.
    Abro los ojos y miro al suelo: las baldosas grises me resultan conocidas. Y las piernas inmóviles y viejas apoyadas en ellas también: son las mías. Alzo la vista y estiro un brazo: la voz me pone unas pastillas en la mano arrugada.
    —Trágatelas —me ordena—. Todas.
    Cojo el vaso de agua que me ofrece y bebo.
    —Deberías bajar a la sala de juegos, relacionarte con la gente. No puedes pasarte todo el día aquí, encerrada en tu habitación —dice mientras sale—. No es sano.
    Que mujer tan estúpida, pienso para mí. Claro que no puedo pasarme todo el día en esta habitación. Pero tampoco en esta residencia llena de tristezas, ni en este cuerpo cansado que cada día me resulta más extraño.
    Cierro los ojos y retorno a mi jardín. Los árboles vuelven a elevarse majestuosos hacia el cielo, sobre el suave suelo verde. Cruzo entre las parejas que bailan felices y busco mi rincón preferido, junto al almendro.
    Y allí me quedo durante horas, pensando en lo que me dijo Pilar.
    —Puedes hacer lo que desees.
    Sólo deseo vivir ese día, antes de que llegase la guerra y se llevase tanto y a tantos; antes de que la muerte, que ahora me elude caprichosa, arrancase a Pilar de mi lado.
    Otra vez la voz:
   —Gloria, es hora de acostarse. Vamos a apagar las luces.
   Me meto en la cama, obediente.
   Mañana será un gran día: el día en que, de nuevo, empezará todo otra vez.

domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Hablo en chino?

     —Tengo que cambiar de trabajo —le digo a mi padre pensativa.
     —Aha —contesta, y se mete un trozo enorme de carne en la boca.
      ¿Cómo dices?
     ¡No, qué va! Mamá sigue en fase vegetariana-extrema, pero hoy ha quedado a comer con su grupo de meditación y mi padre ha aprovechado la ocasión para inflarse a proteínas. Pobre…, está cogiendo un colorcillo raro, entre verde y amarillo mostaza. “La lechuga”, me ha dicho.
     —Las cosas van de mal en peor —insisto—. Se ha vuelto loco.
     Papa me mira comprensivo y pincha una porción de morcilla.
     —Hay que tener paciencia —murmura con la boca llena.
    —No, no puedo más. ¡El viernes se puso a chillarme por no sé qué factura de la tintorería! —sí, lo que lees; me ha dejado flipando—. ¡Amenaza con limitar el uso de internet! —¡y eso sí que no! ¿Qué va a pasar con mi blog?
    —¿Te ha gritado? —pregunta mi padre con incredulidad—. No, imposible Tu madre no grita —niega con la cabeza—, y tampoco lleva la ropa al tinte por algo de los detergentes y el medio ambiente. Y no me gusta que digas que se ha vuelto loca —me riñe con tono serio. Coge un cuscurro de pan y se hace un montadito de tocineta—. Es tu madre, Lili.
    ¿Pero quién habla de mamá? ¡Que yo hablo de Eduardo, mi jefe! En fin…, supongo que tanta proteína se le está subiendo a la cabeza. Bajo la mirada y me centro en mi plato de lasaña.  ¿Cómo encuentro otro trabajo? ¡Y lo necesito ya, para mañana como muy tarde!
     —¡Manolo,  qué tal? —levanto la vista y veo que mi padre se dirige al ocupante de la mesa de al lado, que nos mira de refilón y sigue leyendo el periódico.
      —¿Quién es? —le pregunto en voz baja. No me suena de nada.
      —El marido de Pili, la vecina del noveno —contesta.
    —¿Manolo? —¡qué despiste de hombre, pero qué despiste!—. Papá, el marido de Pili se llama Paco.
     —¿Y por qué no me avisas antes de que le llame Manolo?
     —¿Y por qué le pones nombre? ¡Si nunca aciertas! —¡y no aprende!
    —¡No, Lili, no empieces como tu madre! ¡A la gente hay que llamarla por su nombre! ¿Qué quieres, que le diga “hola” sin más? —niega con la cabeza y se mete otra porción de morcilla en la boca—. ¿Se llama Manolo o no se llama Manolo?
     —¡No, claro que no! —respondo un poco alterada. ¡Pues no saludes y hazte el loco como todo el mundo! Pero no se lo digo, que mi padre es muy suyo.
     —¿Paco, entonces? —afirmo con la cabeza. Mi padre mueve la mano en dirección a la mesa de al lado—. ¡Paco, qué tal está Pili?
     Paco lo mira sin comprender y vuelve a centrarse en el periódico. Mi padre chasquea la lengua y ataca el plato de chorizo que acaba de aparecer por arte de magia.
    —La gente ya no es como antes, Lili —comenta apesadumbrado—. Ni entre vecinos nos saludamos, una lástima.
      —Es cierto —aunque a mí no me parece mal. Sobre todo, si la que no me saluda es Monikey; pero esa sí saluda, claro—. ¿Y qué hay del trabajo, se te ocurre algo?
      —¿Qué trabajo?
      —¡El mío, papá! —¿es qué no me escucha ni un poquito?—. Necesito un trabajo nuevo.
     —¿Te han despedido, Lili? —me mira preocupado, dejando durante un segundo de masticar—. ¿Y cómo no nos lo has dicho?
    —No, no me han despedido —la mirada de mi padre se relaja y vuelve al chorizo—. Pero necesito cambiar.
     —Mala época para eso —masculla.
    No, hoy no es nuestro día. Está claro que el canal de comunicación padre-hija está roto. Hecho pedazos, diría yo.
      Nuestro vecino de mesa se levanta y se acerca a la barra.
     —How much is it? —le pregunta al camarero, que lo mira desesperado.
     —¡A ver, quién de aquí sabe inglés y qué dice este tipo? —nos mira a mi padre y a mí, implorante.
     —¡Lili sabe inglés! —responde mi padre a la velocidad del rayo—. ¡Pero no hace falta, si es Paco!
     —¿Qué Paco? —el camarero frunce el ceño.
     —El marido de Pili, la del noveno —la voz de mi padre pierde seguridad—. Aunque ahora que lo veo mejor… ¡Lili, por qué me dices que es Paco, si Paco es moreno y ese tipo es rubio?
     —No, no, no, a mí no me líes, que ya sabes que no me quedo con las caras —y añado—: ¡Eres tú el que ha dicho que era el marido de Pili!
    —No —levanta la mano y mueve el dedo índice de izquierda  a derecha—. Yo he dicho que se llamaba Manolo; lo demás te lo has inventado tú.
    —¡Papá, qué dices? —lo miro completamente alucinada. Definitivamente, tanta proteína  de golpe le está haciendo mucho daño.
     —¿Saben inglés o no? —insiste el camarero, impaciente.
     —¡Sí, ella sabe mucho! —contesta mi padre.
    —¡No, no sé! —y le digo a mi padre en voz baja—: El inglés es sólo para el currículum, por Dios. ¡Yo no sé inglés, y menos para hablar con un inglés! —o con un americano, que es peor.
     —Anda, Lili, no seas tonta, claro que sabes —y me empuja en dirección a Paco-que no es Paco-y encima habla en un idioma extraño.
     Mejor me despido aquí. Me niego a que me oigas hablar inglés. No, de ningún modo, no insistas.
    En cuanto a mi padre, ahora pienso que se merece una semana más de lechuga y cremas raras de las de mi madre. O dos. ¡O incluso un mes!
     Y el trabajo…, ¡uf, el trabajo! Ya te contaré mañana.

     Si lees esta entrada y trabajas en Vogue: ¡por supuesto que hablo inglés!
     Nivel alto, hablado y escrito.
     Prácticamente bilingüe.



jueves, 17 de noviembre de 2011

Uf, sardinas!!!

     Soy una superwoman: trabajo fuera de casa ocho horas y dentro de casa al menos dos. Adoro la mopa, el trapo del polvo, el estropajo y la fregona. Me encanta el olor del Pronto y, si pudiese, en vez de colonia me echaría Cristasol. Sólo tengo un punto débil entre tanto dechado de virtudes: odio cocinar. No llego a captar la gracia de pasar toda una hora entre grasa y olores a fritanga para que el resultado se disfrute sólo durante veinte minutos o, si JC está especialmente hablador, durante treinta.
    Hoy estoy mareada y tengo nauseas… No, nada de embarazo: sardinas.
    ¿Cómo se le pudo ocurrir a mi suegra traerme esos bichos crudos? ¿Qué le he hecho yo?
    —¿Qué es eso? —me preguntó JC cuando llegó de trabajar, señalando el bulto envuelto en cinco capas de papel albax  que estaba a punto de meter en una bolsa de plástico.
    —No sé de qué hablas, cariño —contesté acelerada, tratando de esconderlo detrás del microondas.
    —Eso —insistió, acercándose y cogiéndolo con cierta suspicacia.
    —¡Ah, esto! —intenté quitárselo de las manos sin éxito: ya lo estaba desembalando—. Lo ha traído tu madre.
    —¡Mmmm, sardinas! Genial, porque tengo un hambre tremenda.
    Lo miré aterrada. ¿No estaría pensando en hacerlas para cenar? ¿Y el olor? ¿Y el humo? ¡Nos tendríamos que ir a dormir a un hotel!
    —¿No prefieres algo de ensalada? ¿O un sándwich? —pregunté esperanzada.
    JC me miró con sorpresa.
    —¡Qué dices! —contestó, echando a andar hacia el dormitorio—. Tú no te preocupes; quédate en el salón, que me cambio y las frío en un segundo.
    Y hoy, dos días después, lavados hasta los estores y las fundas del sofá, puedo prometer y prometo que mi casa sigue oliendo a sardinas.
    Comprenderás que tengo cierto rencorcillo hacia la causante de mi malestar: mi querida Anestesia. Y el destino me ha puesto la revancha en bandeja.
    Al salir de trabajar esta tarde he pasado por La Sirena, ya sabes, la tienda de congelados, y he divisado una figura familiar. He parpadeado varias veces alucinada hasta convencerme de que no era una visión provocada por la intoxicación olfativa de los últimos días: efectivamente, allí estaba ella, delgada y morena, con un traje divino de tweed en tonos ocres, rebuscando en el congelador de las verduras.
    Mi mente ha volado al fin de semana pasado, cuando fuimos a comer a su casa.
    —No comprendo la gente que come congelados, con lo sano que es la verdura fresca —comentó con voz firme—. Si se tiene tiempo para ir de compras, también se ha de tener para preparar una buena comida casera.
    Me quedé callada. Aunque veía claramente lo absurdo del razonamiento, la cosa no iba conmigo.
    —Pues Lili compra mucho en La Sirena y no está mal —dijo JC, llevándose otra cuchara de cocido a la boca—. Mmmm…, aunque no se puede comparar con esto, claro.
    Mi suegra sonrió con serena superioridad.
    Y ahora la tengo justó ahí, con la cesta llena de bolsitas de cebolla picada y pimientos tricolor. Hasta distingo un paquete de judías verdes.
    Dudo unos segundos y me doy la vuelta, antes de que me vea y sepa que he descubierto su secreto.
    Salgo a la calle sonriendo, embargada por un sentimiento de virtud y santidad.
    Que no se diga que soy una chica rencorosa…

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tiro al pato (sin querer. . .)

     Domingo, 13 de noviembre,  en un campo de golf cualquiera de Madrid
    
     —¡No, no, no! —me dice Borja, nuestro profesor (un rubio de treinta y tantos que me cae cada vez peor)—. ¿De verdad crees que ese palo es el adecuado para el golpe de salida?
     Sí, ¿no? Tiene una S bien clara en la parte de abajo y la S, de toda la vida, es de salida (y no, no hablo de la rubia de la esquina).
    Borja se echa las manos a la cabeza y suelta un gemido ahogado.
    —¿JC? —le pregunta, con tono suplicante.
   —Lili, la S es de sand, y es el palo para sacar la bola del bunker —lo miro desconcertada; esa palabra me suena, pero no termino de situarla—, de la tierra, ya sabes.
    —¿De la Tierra? —esto sí que me ha dejado flipada—. ¿Del planeta Tierra?
   —Lili, por Dios, de la arena, de los terraplenes —exclama JC—. ¡De eso! —y extiende la mano hacia un trozo de terreno sin césped
    Dedico a JC una mirada ofendida (siempre se pone de parte de Borja, el muy traidor) y me dirijo hacia la bolsa a escoger otro palo. Después de echar un vistazo a todos, me decido por una P…
     No, mejor un 7…
     No, mejor la P…
     No, mejor…
    —¡El 7! —chilla Borja. Lo miro sobresaltada y veo cómo trata de relajar el rostro—. El 7 es más adecuado si tenemos en cuenta la distancia —explica con un tono de voz cercano a la normalidad. Más vale que se relaje, porque bajo presión no juego muy bien…
    Cojo el palo, me sitúo en el punto de salida, cierro los ojos para entrar en contacto con mi golfista interior (esto es un consejo de mi madre) los abro y golpeo la bola con todas mis fuerzas.
    —Me parece que va hacia el lago —comenta JC, siguiendo la pelota con la vista. Espero que no, porque ya he perdido seis en dos hoyos y sólo me quedan tres para el resto.
    Contengo la respiración y de repente oigo un ruido raro, como un “cuac” agonizante.  
    Uy, uy, uy…
    —¿Qué ha sido eso? —pregunto a JC, y echo a andar hacia el agua.
    JC me adelanta corriendo, seguido de Borja, y en dos segundos están en la orilla.  
    —¡Esto es inconcebible! —chilla Borja—. ¿Cómo ha podido darle a un pato?
     ¿Qué? ¡No puede ser!
   —JC, ¿en serio le he dado a un pato? —le pregunto estremecida. ¡Si yo adoro los patos! Me encantan Donald, el pato Lucas, y el tío Gilito, ¡y en el chino siempre pido pato laqueado!
    —Le has dado un poco, sí, pero no te preocupes —contesta JC—. Seguro que se va a poner bien.
   —¿Cómo se va a poner bien? ¡Casi le arranca el cuello! —grita Borja fuera de sí—. ¡Unos patos milenarios, que han conocido a los mejores golfistas del mundo! ¿Cómo has sido capaz de algo así? —y me dirige una mirada más cruel que de costumbre.
     Yo permanezco a unos diez metros de la orilla y me pregunto lo mismo. ¡Si mis bolas siempre salen a ras de suelo, cómo han podido pasar por encima de los matorrales y acabar en el agua?
    —¡La culpa es del lago, que tiene algo maligno! —me defiendo—. ¡Corrientes magnéticas para atraer las bolas o yo qué sé! ¿Y a quien se le ocurre poner un lago en mitad de un hoyo? ¡Eso es tener muy mala idea!
     —No puedo, no puedo… —murmura Borja, mientras se quita la chaqueta y envuelve al pato.
    Respiro profundamente para calmarme y comienzo a andar hacia él: al menos le pediré disculpas al pato. Pobre…, me siento fatal.
    —¡No, no te acerques! —brama Borja enloquecido—. ¿Qué pretendes, rematarlo?
   —¿Estás insinuando que lo he hecho a mala idea? —me sube la ira por el estómago y llega a mi garganta—: ¡La culpa es tuya, que yo siempre he tenido una coordinación por encima de la media y te la estás cargando! ¡Podría haber sido una deportista de élite si hubiese querido! —lo observo con mirada impacable y lanzo mi último dardo—. ¡Y esas mechas que llevas son un horror, hortera!
     Una hora después volvemos a casa en coche.
    —¿Crees que se pondrá bien? —le pregunto a JC.
    —¿El pato? —me mira de refilón—. Seguro que sí.
    —No, no hablo del pato. Me refiero a Borja —no sé qué me pasa últimamente con los profesores. ¡Si yo he sido de lo más aplicada en mi vida académica! Pero entre el golf y las clases de conducir me van a coger manía en el gremio.
     ¡Madre mía, igual envían un e-mail con mi foto para que nadie me dé clases! ¡A lo mejor me catalogan cómo peligro público! ¿Y cuándo decida apuntarme a piano? ¿Habrá alguien dispuesto a…
    —No lo sé, guapa —responde JC—. Si no te ve durante un tiempo, igual lo acaba superando.
    —¡Pero si yo soy muy buena! —no sé que me ha pasado, la verdad...
    —Claro que sí, Lili, un cachico de pan —me dirige una mirada burlona—. Sólo que a veces se te olvida.
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