miércoles, 31 de agosto de 2011

De mayor...

            —De mayor voy a ser doctora —dice mi sobrina Alicia, una monería rubia de cuatro años que no deja de moverse mientras trato de hacerle una coleta.
            —¿En serio? —le pregunto, con el cepillo en la mano y a punto de alcanzar el éxito en mi misión. Si sólo se estuviera quieta un segundo…
            —Sí, para curaros a todos —confirma, moviendo la cabecilla de arriba abajo y haciendo que varios mechones de rizos rubios se escapen de mis manos—. Pero sólo podréis venir por la noche.
            Voy a descansar un poquito. Lo de peinarla está siendo más difícil que cruzar la selva en elefante.
            Además, que con cuatro años quiera ser doctora me impresiona. ¡Es la chica más lista del mundo! ¡No imaginas lo que se parece a su tía Lili!
            —Pero yo prefiero ir por el día —le digo—. Nadie va al médico por la noche, aunque si pones unas cervecillas tal vez…
            —No puede ser, tita Lili, que por el día estaré jugando —me interrumpe mientras le cambia el vestido a la Barbie.
            ¡Vaya! ¿Ves lo que te digo?
            ¡Listísima!
            —¿Y tú que quieres ser de mayor, tita?
            —¿Yo? —lo pienso detenidamente y…—. Quiosquera.
            Sí, en serio. Es mi vocación frustrada.
            —¿Y eso que es? —Ali me mira con interés.
            —Pues la chica que tiene un quiosco chulísimo rosa con un toldo a listas amarillas y blancas, y vende cuentos y chucherías y esas cosas.
            —¿Y también pegatinas de Hello Kitty?
            —Claro, y algodones de azúcar, y globos. ¡Es el trabajo más guay del mundo!
            —¿Pero globos de Dora Exploradora o de Bob Esponja? —pregunta mi sobrina, con los ojos muy abiertos por la impresión.
            —De los dos —faltaría más.
            —¿Pero más de Dora Exploradora? —insiste Ali.
            —Por supuesto —respondo, y vuelvo a coger el cepillo—. ¿Te estás quieta un segundo para que te peine?
            Creo que no… Un torbellino de rizos rubios ha echado a correr.
            —¡Mamá! —grita por el pasillo—. ¡Ya no quiero ser doctora!
            Mi hermana Sofi, que está terminando de vestirse, se asoma con la sorpresa en la cara.
            —¿Y eso, cariño? Con lo bonito que es curar a los demás —y la ilusión que nos haría a papá y a mí; a veces leo en su mente como en un libro abierto.
            —Me gusta más lo que va a ser la tita Lili de mayor, y voy a trabajar con ella.
            —¿Y qué va a ser la tita, cuando se decida a hacerse mayor? —pregunta, echándome una mirada divertida—. ¿Traductora? ¿Arquitecta? ¿Abogada?
            —¡No! Vamos a ser quiosqueras —responde Alicia feliz—. Con caramelos y cuentos y globos de Dora Exploradora.
            Mi hermana me mira y se echa a reír.
            —Me parece genial —responde Sofi, y añade, mirándome con la risa en los labios—. Menos mal que la tita Lili nunca se hará mayor.
            ¡Eh!
            —¡Claro que sí!
            Un día de estos…
Y tendré un quiosco increíble. 


             

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