lunes, 29 de agosto de 2011

De un bolso a un bolsillo

            —¡Lili! —me llama JC desde el dormitorio—. ¿Qué es esto?
            Hombre, así, sin más pistas, puede ser desde un mosquito hasta un ovni, pasando por un desconchón en la pared.
            O una humedad.
            O…, tal vez…, y para superar la depresión postvacacional…
            —¿Me has comprado un bolso? —pregunto sorprendida al tiempo que doy un salto del sofá y me lanzo a verlo.
            En los dos o tres segundos que tardo en alcanzar la puerta del dormitorio me da tiempo a rogar en  silencio “Por favor, que sea un 2.55; por favor, que sea un 2.55; por favor…” al menos cincuenta veces.
            —¿Dónde está? —le pregunto a JC llena de feliz impaciencia.
            —Aquí —JC sostiene el pantalón de su traje gris en alto.
            —No, me refiero al bolso —insisto, mirando alrededor—. ¿Dónde?
            ¡Un bolso nuevo! ¡Bien!
La verdad es que me lo merezco, que llevo una época muy dura de trabajo.
Sí, sé lo que estás pensando. Ya sé que acabo de volver de vacaciones, pero no imaginas la semana que me está dando el loco de mi jefe en la oficina. De hecho, y siendo  francamente objetiva, me merezco también unos Louboutin, pero me puedo conformar con un…
            —¿Qué bolso? —el rostro de mi novio es puro desconcierto—. Yo me refiero a esto —y me enseña el bolsillo del pantalón.
            Vaya… Me desinflo como un globo.
¿Así que nada de bolso…?
            —No entiendo porque me haces estas cosas —le digo a JC dolida, y me siento en el borde de la cama—. Con la ilusión que me hacía.
            Es que no hay derecho. ¿Ahora que bolso me llevo mañana?
            —Lili, cariño, escucha —JC me levanta la barbilla hasta que mis ojos topan con el bolsillo de su pantalón—. ¿Por qué está lleno de grapas?
            —No sé —contesto. Aunque algo me suena…
            Vale, ya me acuerdo. Lo que no sé es cómo voy a explicárselo.
Primero mejor te lo cuento a ti:
Unos días antes de irnos de vacaciones mi novio me dijo:
            —Se me ha descosido el bolsillo del pantalón del traje gris —hasta ahí todo bien, pero añadió—: Se lo voy a llevar a mi madre para que me lo cosa.
            —¡No! —exclamé, haciendo nuevamente gala de mis reflejos de supergirl—. Eso te lo coso yo en un plis-plas.
            Entre tú y yo: mi suegra es muy especial. Es capaz de hacer cien magdalenas de chocolate sin que su traje de tweed coja ni una motita de harina, o preparar un cocido sin que se le salga un pelo del moño italiano (tipo Mary Poppins: para mi desesperación, es prácticamente perfecta). Enemiga acérrima de los congelados (que desbordan mi nevera de forma habitual), no entiende que una mujer no sepa coser un botón, hacer un dobladillo o preparar una cena de cinco platos.
            —Pero Lili, si tú no sabes coser —replicó JC—, y mi madre no tarda nada.
            —Claro que sé —y si no me lo invento.
¡Pero ese bolsillo lo arreglo yo!
            Cinco horas después, con los dedos destrozados por culpa de la aguja y a falta de más hilo, decidí probar con la grapadora. Y he de reconocer que el resultado fue bueno.
            No pensé que JC se fuese a dar cuenta.
            Ahora las grapas parecen reírse de mí.
 
          De pronto, tengo un momento de sublime inspiración; de esos que marcan toda una vida.
            —Trae, que eres un desastre y a saber cómo has hecho eso —adopto la entonación de “menos mal que me tienes a mí que valgo para todo” y extiendo la mano en su dirección.
            JC, tras unos segundos de incertidumbre en los que se mantiene en el peligroso límite que separa la incredulidad de la sorpresa, finalmente me da el pantalón y se va a la cocina a por una cerveza, murmurando un “pues no sé; como siempre llevo el bolsillo lleno de cosas” que me aligera el corazón.
            —¡No te preocupes, cariño, que mañana te los coso y por la noche los tienes listos! —le digo aliviada.
            Al día siguiente llamo a mi hermana Sofía.
            —Te invito a comer dónde quieras —y cruzo los dedos por debajo de la mesa.
            —¿Y eso? —pregunta, suspicaz.
            —Para que me cuentes que tal te va —respondo con tono ligero—. Y porque tengo muchas ganas de verte —añado, zalamera.
            —¿Botones? —indaga—. ¿Un dobladillo?
            —Un bolsillo de un pantalón —respondo con humildad.
            —Mmmm —se lo piensa unos instantes—. De acuerdo. En el japonés.
            —Vale.
            —Y con botella de vino y postre incluidos.     
—Hecho.
            —Y tú pones el hilo y la aguja.
            —Sin problema.
            —¡Y Lili, por amor de Dios, a ver si aprendes a coser!
            Eso va a ser más difícil.
           
           

2 comentarios:

  1. Esto no puede ser real...pero yo tenía una amiga que llevaba los dobladillos cogidos con celofán...así que a lo me jor si lo es.
    Muy gracioso "contao".

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  2. Bueno. . . , digamos que está basado en hechos reales!
    Besos!

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Soy una chica valiente, soportaré lo que tengas que decirme.

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