jueves, 11 de agosto de 2011

La camiseta...

      
           No vas a creerte lo que me ha pasado. Es algo terrible, inaudito, de esas cosas que marcan un antes y un después en la vida de una persona normal; imagínate en la mía.
            Estoy completamente perdida, no sé qué hacer ni a quién recurrir… Quizás una copita de chardonnay me ayude…
            Sí…, parece que me está animando un poco… Tal vez unos pistachos…
            ¿Cómo dices?
            Llevas razón; claro que no sabes de qué hablo. Ahora que estoy saliendo del shock postraumático puedo contártelo. Pero te lo aviso: es tremendo.
            —Necesitas un par de camisetas nuevas para las vacaciones —le dije anoche a JC.
            —Pero si tengo un montón —oí su voz a través de los disparos del Battlefield Heroes.
            —Están viejísimas —grité desde el dormitorio; había sacado todas del cajón de la cómoda y las estaba examinando una a una con ojo crítico—. Cómo mucho puedo salvar tres, pero las demás las tiro. Me niego a ir contigo con esas pintas de…
            —¿Qué dices, Lili? Si tengo muchísimas camisetas nuevas —de repente JC estaba a mi lado—. ¿Qué le pasa a ésta? —preguntó, aferrándose a la de Naranjito, que tiene aspecto de ser realmente del 82, nada de reediciones—. ¿Y ésta? —¡madre mía, la de la guerra de las galaxias!; no sé ni de dónde la sacó; de repente apareció en el cajón ya descolorida y deshilachada: un caso sorprendente de generación espontánea—. ¡Y no pensarás tirar la de la universidad, que la tengo desde hace siglos! —ya, ¡o milenios!
            —Venga, JC, que son horribles —contesté, ateniéndome a la estricta realidad; nada de valoraciones subjetivas. Hechos puros y duros.
            JC se giró y clavó en mí los ojos resentidos.
            —¿Me meto yo con tu ropa?
            Uy, uy, uy…
            —¿Qué le pasa a mi ropa? Porque si crees que le pasa algo, mañana me voy de compras y arreglado.
            JC me miró sorprendido por la rapidez de mi defensa y mi agilidad mental.
            —Tu ropa es perfecta, cariño —ya lo imaginaba…—. Pero mis camisetas también.
            De modo que aquí estoy, en Cortefiel, eligiendo un par de polos y una camiseta para JC: de ningún modo esos trapos harapientos y yo vamos a ir al mismo hotel.
            Por la noche se las enseño, después de un par de cervezas y un tinto de verano; mejor pillarlo más… receptivo.
            —¿Qué te parecen? —le pregunto entusiasmada. Los polos son preciosos, uno azul marino y otro color frambuesa; y la camiseta es increíble, de listas beige y cámel y con el cuello azul.
            JC los mira receloso.
            —Mmmm —murmura, cogiendo la camiseta; ¡sabía que le iba a encantar! —. Partiendo de que tengo millones de camisetas en perfecto estado que me pienso llevar, los polos tienen un pase —y añade retador—. Pero esto no.
            ¿¿¿Qué???
            —¿Por qué? ¡Si es preciosa! —le digo, cogiéndola con cariño; no lo entiendo—. Queda genial con las bermudas, y con los vaqueros, y con los chinos. Y es muy finita.
            —No, Lili; devuélvela —responde JC—. Que parece un pijama.
            ¡Venga ya!
            —¡No lo dirás en serio! —exclamo espantada. ¿Pero qué tipo de pijamas ha visto este chico?
            ¿Y dónde?
            —Totalmente en serio: yo eso no me lo pongo.
            Fin de la discusión. Sé reconocer cuando el asunto no tiene arreglo, y éste es uno de esos casos: la camiseta y yo hemos perdido.
            —¿Tiene usted el tícket para la devolución? —me pregunta el dependiente al día siguiente.
            —Sí, claro —contesto apenada, y lo busco en mi bolso mientras dedico una última mirada a la camiseta. Es tan bonita…
            —¿El pantalón se lo queda?
            No estaba a la altura de mi novio, eso desde luego…
            —Perdone, señora, pero el pantalón… —insiste el dependiente.
            —¿Qué pantalón? —aunque me indigna, obvio lo de señora. ¡Si parezco una veinteañera!
            —El del pijama; como sólo devuelve la parte de arriba… —responde       
            —¿Pijama? —pregunto, sin entender nada—. Yo no me llevé ningún pijama.
            Un sudor frío empieza a recorrer mi espalda.
            —El compañero de esto —contesta, cogiendo la camiseta y echando un vistazo al tícket—. ¡Ah, no, disculpe, que el pantalón no se lo llevó!
            De pronto el mundo a mí alrededor se desvanece...
            Cuando recobro la consciencia, estoy en el sofá del salón bebiendo chardonnay y comiendo pistachos.
            Tendré que aprender a vivir con ello…

   

4 comentarios:

  1. jajajja que graciosa esta entraita jajaja al final JC tenia ranzon eh jajaja asiassss por dejar tu huella en mi rinconcito feliz dia besitossssssss

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  2. Bienvenida, Embrujo!!! Sí que tenía razón, y no sabes la rabia que me dio. . .
    Muchos besos!!!

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  3. Me encanta tu forma de relatar, vi que habías comentado que Lili quería publicar una novela...dime nos dirás cual es? Porque la devoraré como los posts oye!
    Un beso!

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  4. Coccinellidae, de momento que publique la novela, sereis los primeros en enteraros! En estos momentos está dando vueltas por todas las editoriales que he encontrado, y aún no hay noticias. . .
    Otro beso, guapa!!!

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Soy una chica valiente, soportaré lo que tengas que decirme.

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