domingo, 7 de agosto de 2011

¡Odio esa palabra!

          Este año he decidido comenzar el ataque con tiempo, planificando la estrategia con sagacidad e inteligencia y sin escatimar esfuerzo o dinero alguno. Voy a poner lo mejor de mí en tan dura misión, aunque me tenga que dejar la piel en el camino. Seré constante y no flaquearé; todos los días encararé la batalla con…
            —¿Qué es todo eso? —JC me mira sorprendido desde la puerta del baño.
            —Cosas mías —contesto. ¿Por dónde iba? ¡Ah, vale…! Pues eso, que encararé la batalla diaria con la misma fuerza  que el primer…
            —¿Qué cosas, Lili? —insiste, enarcando las cejas.
            —Cosas de chicas —que pesado…; como te decía, con la misma fuerza que el primer día, consciente de que los resultados no se verán hasta al menos la tercera semana, o quizás la cuarta, pero eso no…
            —¿Reafirmante? ¿Anticelulitico? ¿Reductor intensivo? —JC se ha colado en el baño y está mirando mis armas de destrucción celulítica—. ¿Necesitas todo esto? ¿Para qué?
            —Ya sabes, para eso —contesto, quitándole las cajas de las manos.
            —¿Eso? —pregunta mientras encuentra el envase con las cápsulas que prometen eliminarla para siempre.
            —La… —odio esa palabra con todas mis fuerzas, —celulitis—. Ea, ya lo he dicho.
            JC levanta la vista asombrado.
            —¡Pero si tú no tienes celulitis! —me dice con sinceridad.
            Adoro ese feliz desconocimiento, aunque he de confesarte que se equivoca. ¡Claro que tengo celulitis! ¿Y quién no?
            Pero este año acabaré con ella: que se prepare, porque voy armada y soy peligrosa…
            Cuatro semanas después comienzo a ver los resultados: tanto potingue, los masajes por la mañana y por la noche, las cápsulas, el guante de crin… tanto sacrificio ha merecido la pena. Los bultitos han disminuido al menos un diez por ciento. Comparo las fotos del antes y del después y…, sí, incluso puede que un quince por ciento. ¡Bien!
            —¡JC! —lo llamo emocionada—. ¿Qué opinas? —le pregunto, cuando aparece en el dormitorio con el mando de la Playstation en la mano. Le enseño las pruebas de mi victoria.          
            —¿Esas fotos son de tu… —se acerca un poco más la cámara digital a los ojos para confirmarlo, —de tus muslos?
            —Claro —confirmo.
            —¿Por qué? —me pregunta, completamente alucinado.
            —Para ver la evolución de…, ya sabes, la celulitis —le explico—. ¿Qué te parece?
            —Todas iguales, la verdad —contesta, pasando las fotos con rostro cada vez más incrédulo—. ¿Y cuánto dices que te has gastado?
            Le quito la cámara de fotos de las manos y le empujo hasta que sale del dormitorio. ¡Será posible tan poca sensibilidad! ¡Y tan poca capacidad de observación!
            Yo lo veo clarísimo: entre la foto número uno y la número veintinueve hay una diferencia abismal. Mirándolo bien, apostaría un dedo a que la reducción ha sido incluso de un dieciséis por ciento.
            Voy al salón, donde JC está matando marcianos en la pantalla de la tele. Lo miro disgustada, y él me dedica una sonrisa deslumbrante.
            —Lili, si es que tú no tienes celulitis.
            Decido perdonarlo. ¡Bendita ignorancia!
           

1 comentario:

Soy una chica valiente, soportaré lo que tengas que decirme.

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