miércoles, 24 de agosto de 2011

Sólo las puntas...

            Las vacaciones han pasado y ahora toca volver a la cruel y dura realidad. Estoy nerviosísima, y eso que me he tomado una copita de chardonnay para relajarme. Y otra. Y creo que otra. Y un lexatín. Y aun así llevo al menos veinte horas dando vueltas en la cama sin poder dormir, lo que es sorprendente si tenemos en cuenta que me acosté hace sólo una; el pánico que siento por lo que me espera mañana me hace perder la noción del tiempo...
            ¿Cómo dices?
            No, no hablo de la vuelta al trabajo; ojalá se tratase de eso. Es algo peor, mucho peor: me toca ir a la peluquería a que me corten las puntas…
            —¿Estás segura, cariño? —me preguntó JC antes de acostarnos—. Yo te veo bien el pelo.
—Lo tengo fatal —repliqué, al borde de las lágrimas—. Está estropajoso y quemado por el sol y el salitre. Y bufoso.
—¿Bufo-qué? —me miró sin entender.
—Hecho un horror —concluí.
—No sé, Lili —dijo JC, acariciándome la mano—. Después de lo de Semana Santa, no sé si estás preparada.
¡Claro que no lo estoy!
 ¡Necesitaré más de una vida para superarlo!
¿Cómo, ni aunque llegue a los ciento veinte años, voy a olvidar a la loca psicópata que me dejó toda la cabeza llena de picos y con millones de capas, una por cada pelo?
¡Es que no había ni un solo mechón que tuviese dos pelos de la misma longitud, por amor de Dios!
—Sólo quiero cortarme un poco las puntas —le pedí confiada, y añadí bien clarito:— Y nada de capas.
—¡Madre mía, pero si tienes el pelo fatal! —exclamó la peluquera, una chica morena superestilosa con un corte de pelo divino—. Confía en mí; te voy a dejar monísima.
He ahí el mayor error de mi vida: cogí el Hola de las navidades del año pasado y la dejé hacer, con la  feliz inconsciencia que te da la ausencia de malas experiencias.
Lo repaso mentalmente en mi cabeza una y otra vez y siento una impotencia tan grande que me dan ganas de..., de…
¡Es qué ni sé de qué me dan ganas! No me decido entre lanzar una bomba sobre la peluquería, o prenderle fuego;  o tal vez un combinado de lo uno y lo otro con una bomba incendiaria…
¿Pero cómo fui tan tonta, con lo lista que yo soy?
¿Y por qué no existe ya una máquina para poder viajar en el tiempo y volver al pasado? ¿A qué están esperando los americanos para inventarla?
¿Cuánta gente ha de quedarse calva, Dios mío? ¿Cuánta?
Tuvo que ir JC a buscarme.
—Venga, Lili, deja las tijeras en el mostrador —me pidió con tono severo.
—¡De eso nada! —grité, fuera de mí—. ¡Que venga aquí ese bicho, qué se va a enterar! ¡O me pega mis pelos uno a uno, o le rapo la cabeza!
—Lili, cariño, por favor… —insistió JC, acercándose despacito.
—¡Aléjate! —chillé, apuntándole con las tijeras—. ¡Que no respondo de mí! ¿Dónde está esa criminal?
¿Creerás que la muy sinvergüenza estaba llamando a la policía? Me dejó la cabeza como un nido abandonado (ningún pájaro podría vivir en él) y encima se atrevió a hacerse la víctima. ¡Increíble!
Mientras JC me sacaba de la peluquería, la oí hablar de intento de agresión con un agente.
—¡Ten cuidado cuando vayas sola por la calle! —grité desde la puerta, a modo de despedida—. ¡Cuando menos te lo esperes, allí estaré yo esperándote con unas tijeras! ¡Te voy a dejar calva! —JC tiraba de mí—. ¡Aunque tenga que arrancarte los pelos a bocados!
Que injusta es la vida: esa mala persona tenía una preciosa melena brillante y sin capas, y yo una denuncia.
Después de una noche horrible, aquí estoy, hecha un manojo de nervios en otra peluquería a cinco paradas de metro de mi casa.
—¿Qué se va a hacer? —me pregunta un chico joven con perilla y unas mechas azules que me dejan sin respiración.
—Cortarme las puntas —respondo concisa—. Sólo las puntas; sin capas, por favor —que no se diga que, incluso en circunstancias límite, no soy educada.
El chico examina mi pelo con aire crítico.
—Está muy seco; creo que sería mejor que…
Me giro en la silla y lo miro, con la locura asomándose a mis pupilas y reflejándose en las suyas.
—Escucha bien, niñato, porque no te lo voy a repetir. Cortar —silencio—, sólo —nuevo silencio—, las puntas.
El chico me mira espantado.
—Sólo —silencio—, única —más silencio—, y exclusivamente —otro silencio amenazador—, las puñeteras puntas.
El peluquero mueve lenta y afirmativamente las mechas azules, con los ojos como platos.
—Sin capas —añado, y mantengo la mirada hasta que él desvía la suya—. No quiero ni una capa. ¿Capisci?
Al volver a casa encuentro a JC en el salón con todo lo necesario para superar una posible crisis: dos botellas de chardonnay y una bolsa extragrande de pistachos.
—¿Estás bien? —pregunta agobiado, al tiempo que gira a mi alrededor y me mira el pelo.
—Genial —respondo feliz.
—¿Al final no has ido a la peluquería? —me mira sorprendido.
—Sí que he ido —contesto. Dejo el bolso encima de la mesa y me paso la mano por el cabello, tan suave…, y sin capas…
—Pues no se nota —responde confundido.
¡Lo sé! ¡Eso es lo que una espera cuando va a cortarse las puntas!
Lo sabe cualquier mujer; va en nuestro código genético, junto con el buen gusto y la creatividad.
Sólo falta que se enteren los peluqueros.

4 comentarios:

  1. Buenísimo Lili! jajajaja yo tengo un par de entradas de mis excursiones a la pelu pero lo peor es que es mi amiga!!!!!
    Al final he tenido que elegir, o la amistad o mi pelo. He dejado de ir a su peluquería y ya no la cojo el teléfono, las medias tintas conmigo no funcionan.

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    1. :-))))
      Has hecho bien!!! Con el pelo no se juega!

      Besos, preciosa!

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  2. JAjaja, es que yo siempre me cabreaba cuando iba a las peluquerias!! Tenia una mania a las peluquerias de España... Hasta que decidi ir a una un poco mas cara, pero mas divina. Pagaba un poco mas, pero no me iba de alli cabreada. Ahora no se que hare en tierras Bavaras....

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    1. Stuffen, yo he probado en todas y no me gusta ninguna. Cuando tenía el pelo más largo decidí cortarmelo yo, pero ahora que lo tengo melenilla es un sufrimiento terrible!!!
      Besos, guapa!!!!!!!!!

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Soy una chica valiente, soportaré lo que tengas que decirme.

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