viernes, 2 de septiembre de 2011

Una situación desesperada. . . otra vez!!!

    —¡JC, dónde has puesto los folios? —pregunto a voces a mi novio, que está en la ducha—. ¡No los encuentro!
            —¡Si no hay en el cajón del mueble del salón se habrán acabado! —contesta, y sigue cantando tan feliz.
            ¿Cómo se van a acabar los folios?
            —¡No puede ser, si siempre tenemos! —y yo necesito al menos tres con desesperación, que tengo que imprimir unas facturas que me ha pedido hace un segundo el loco de mi jefe por teléfono.
            Sí, lo sé; estoy en casa, son las nueve y media de la noche, fuera de mi horario laboral… Obvio para cualquiera, menos para el… (trato de encontrar otra forma de referirme al bicho para no repetirme pero no hay manera) loco de mi jefe.
            Es mala, pero que mala persona. A simple vista no lo parece: cuarenta y pocos, bajito, muy delgado y con una risa que de primeras parece contagiosa y al cabo de dos segundos se transforma en histérica. Pero está chiflado; si yo te contara…
            Aunque mejor lo dejo para otro día y me centro en los folios: o mañana llego a la oficina con las facturas en la mano o me fugo al Caribe. No hay alternativa.
            Entro en el baño y me pongo seria:
            —JC, esto es grave —le digo a mi novio a través del vaporcillo del agua caliente—. Los folios nunca se acaban. Jamás. Es algo que no ha pasado en esta casa.
            —Claro que se acaban, sólo que yo traigo del despacho.
            —¿Qué? —exclamo escandalizada—. ¿Cómo que los traes del despacho?
            —Un paquete de vez en cuando, ya sabes.
            —No, no sé —respondo con los ojos como platos—. ¿Robas folios de tu trabajo?
            —Claro, como todo el mundo —dice, y coge la toalla como si tal cosa.    
            —¡De eso nada, que yo no cojo ni un clip!
            ¡Es terrible! ¡JC, un vulgar ladronzuelo! ¡Y sin ningún tipo de arrepentimiento!
¿Qué más cosas me oculta? ¡Por amor de Dios, con quién me he casado?
¿Cómo dices?... Ah, es verdad, nada de casado. Da igual, ¿con quién estoy viviendo?
—En serio que no te reconozco —consigo decirle, a pesar del disgusto que me atenaza la garganta.
—Pero Lili, ¿de dónde pensabas que salían los folios? ¿Creías que el cajón los fabricaba?
—¡No lo sé! —contesto—. ¡No lo pensaba!
Pero el próximo paquete saldrá del Opencor, que es lo único que encuentro abierto a estas horas en mi barrio.
—Perdone —le digo al dependiente, que lee con interés una revista en el mostrador—. ¿Dónde están los folios, por favor?
—Allí —y mueve el brazo hacia una balda llena de cosas de papelería.
¡Bien! ¡Hay folios!
Un montón de paquetes, de hecho… Aunque pone DIN-A 4, no folios…
—Disculpe, ¿estos son folios normales? —vuelvo a dirigirme al dependiente.
—Digo yo… —responde sin levantar la vista.
No sé, no sé… A ver si voy a imprimir las facturas en otra cosa y al loco de mi jefe le da un telele…
—Pero pone DIN-A 4, ¿seguro que son normales?
—Pse —contesta.
¿Pse? Me estoy empezando a enfadar… Inspiro profundamente y trato de mantener la calma: mi objetivo es salir con un paquete de folios NORMALES bajo el brazo y eso es lo que voy a hacer.
¿Y esto de los gramos que es? ¡Es que así no hay forma!
—¿Lo normal para un folio son 60, 80 o 90 gramos? Porque hay de todo… —los nervios comienzan a aflorar.
—Sí —dice, pasando una hoja de la revista—. Tenemos de todo.
Ya…, menos un dependiente.
—¿Y sabe usted si lo normal en un folio es que sea para impresora láser o de tinta? —de nerviosa paso a histérica.
Trato de recordar cómo es mi impresora y no lo consigo. Casi no recuerdo ya ni como me llamo…
¿Por qué nunca he leído lo que ponía el paquete de folios del cajón de mi mueble? ¿Por qué?
—¡Señora, por favor! —el dependiente al fin me mira. ¡Ja, a buenas horas!— ¡No sé qué problema tiene con los folios, pero si no deja tirarlos al suelo voy a llamar a seguridad!
Cuando vuelvo a casa, encuentro a JC preocupadísimo.
—¿Dónde estabas? —me pregunta con tono enfadado—. ¿Y por qué no te has llevado el móvil? Te vas sin avisar, sin teléfono…
—He ido a comprar folios —respondo, dejándome caer en el sofá.
Busca con la vista alguna bolsa.
—¿Y dónde están?
—No había normales.
JC me mira receloso.
—No preguntes —y añado, con humildad—. Quizás puedas traer tú un paquete del despacho. Ya sabes, de esos que no se acaban nunca.
En cuanto a las tres facturas que tengo que imprimir…
Cómo dijo una gran mujer ante otra situación límite: ya lo pensaré mañana.



7 comentarios:

  1. Dra. Anchoa, se ha borrado tu comentario!!! Pero te lo agradezco mucho!!! Se ha vuelto loco mi blog y ha publicado una entrada antigua!!!
    Estoy al bor de del colapso! esta situación justifica una copa de vino?
    Yo creo que sí. . ., para calmar los nervios nada más :)

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  2. Hola, Lili, vi un comentario tuyo en el blog de Pseudosocióloga y me dio curiosidad. Me gustó tu blog, ¿es muy nuevo, no?
    Si te hace ilusión, voy a quedarme como seguidor, creo que bien lo mereces.
    Te invito a pasar por mi espacio, tiene el link en mi perfil.
    Un beso.
    Humberto.

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  3. Humberto, bienvenido!!!! Y gracias por quedarte :).
    Sí que soy novata; ayer mi blog cumplió un mes!
    Besos!!!

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  4. Hola Lili!
    Me encanta tu blog, muy divertido!
    Seguro que JC nunca se aburre contigo!
    Un beso, desde Paris
    François

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  5. Francois, bienvenido!!!! Me encanta verte por aquí!
    Ya sabes, JC, con tener una cervecilla y un ordenador cerca es feliz!
    Tres besos para París!

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  6. Está divertida la historieta,un saludo.

    Échale un ojo a mi blog de poemas:)

    http://letravivar.blogspot.com/

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  7. Gracias, Remo! Voy a tu blog.
    Un beso!

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Soy una chica valiente, soportaré lo que tengas que decirme.

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