viernes, 13 de noviembre de 2015

Las penas en viernes son menos penas


Son tiempos oscuros para los periodistas.
Entre tú y yo, tienen que estar hasta el moño. Que si Mas y sus cosillas por aquí, que si Mas y sus disgustos por allá, Mas con el Rey, Mas con Rajoy, Mas con Hacienda, Mas con la CUP, Mas con  todo quisqui. Tienen que soñar con Mas y verlo hasta en la cola del supermercado.
— ¡Necesitamos artículos ligeros para que el personal se relaje un poco! —les pide el editor jefe a voces—. ¡Y no quiero a Mas ni como adverbio!
Los periodistas se miran perplejos. ¿Hay vida más allá de Mas?
Tras horas agónicas de sudor y desesperación ante la hoja de Word, logran un artículo de los de antes (de Mas), fascinante e instructivo. Un artículo guay.

El País, 12/11/2015

Y comienzan a recuperar aquella pasión por el periodismo que sentían en la facultad. Y la confianza en la humanidad. Porque el mundo no puede estar perdido si un periódico serio publica un artículo sobre el vello de las axilas y si crece hasta que llegue al suelo o no.
Con la emoción de sentir un Pulitzer cerca, ya no hay quien les pare. Se lían la manta a la cabeza y se lanzan a analizar la GRAN CUESTIÓN.

El País, 12/11/2015




Que este asunto trae a los hombres de cabeza y había que ponerlo sobre la mesa así, con valentía. ¡Ay, si tuviesen estadísticas sobre las horas de tertulia en bares analizando el asunto!

—¡Drama! ¡¡Quiero un artículo de mucha carga dramática!! ¡¡¡Trágico!!! —ordena el editor jefe, entregado en cuerpo y alma a esta nueva línea editorial tan... humana—. ¡¡¡Tragiquísimo!!!

El País, 12/11/2015

Apuesta fuerte el jefe —susurra un becario, admirado ante el inmenso valor en aras a la libertad de prensa y el derecho a la información.

Y justo en ese momento suena un ruido de sirenas atronador que hace que hasta los cristales de las ventanas se estremezcan. El suelo tiembla y los archivadores en las estanterías aguantan el equilibrio con dificultad. 

Algo gordo ha pasado.
­—¡Atención, atención, la CUP dice a Mas que tururú otra vez! ¡Todos a sus puestos! ¡¡¡Mas ha vuelto!!!
 Y así, sin más pero con Mas, el sueño de un periodismo mejor se desvanece.
En fin...

Pero no te entristezcas, porque...

¡¡¡ES VIERNES!!!


Y las penas en viernes son menos penas.


 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Idas y venidas de la chica-antes-conocida-como-Lili

—¡Cuánto hacía que no te veía! —me dijo una señora en mitad de la calle, al tiempo que liberaba un par de besos al aire y me envolvía en una nube espesa de perfume—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí despistada mientras mis ya archiconocidas células grises corrían atolondradas y comenzaban a buscarla en todos los rincones de mi memoria; en alguno tendrían que encontrarla—. ¿Y tú?
—Ahí vamos, ahí vamos. ¿Tienes tiempo para un café? Hace un par de días me acordé de ti, ya sabes, por el asunto de Clara —me cogió del brazo y me arrastró hacia una cafetería—. Ha sido terrible.
Y justo aquí la Capitana de mis células grises tendría que haber intervenido:
—¡Chicas, chicas, dejad de buscar! ¡Repito, dejad de buscar! ¡Haced que la Jefa le pregunte a esta tipa quién es!
Pero no lo hicieron. En lugar de eso, decidieron que un café a media tarde no estaba mal, de modo que se acomodaron y cruzaron los dedos para que con el café llegase un croissant.
¡Qué desvergonzadas! Tengo que hablar con ellas…

Una hora, dos cafés, dos croissants y una cookie después, seguía sin tener muy claro quién era aquella mujer que tan amablemente me había contado la dramática historia de Clara (y el marido que fue a por tabaco y se llevó a la hermana de Clara con él).
—¡Es terrible! —coincidí con ella, con el corazón encogido por la pobre Clara—. ¡Es que ni de hermanas ni de maridos puede fiarse una ya!
—Qué tiempos tan negros estos que nos ha tocado vivir, Patricia —contestó, y negó con la cabeza.
Aquí la Capitana de mis células grises de nuevo habría debido intervenir. Entre tú y yo, debió intervenir la primera vez que aquella mujer me llamó Patricia. O la segunda. O la tercera. Pero nunca es tarde, ya sabes. De modo que, insisto, aquí debió intervenir y ordenar a sus subalternas desmelenadas por el azúcar y la cafeína:
—¡Chicas, chicas, decidle a la Jefa que recuerde que ella no se llama Patricia! ¡Que saque a la señora de su error y que le diga que la ha confundido con otra! ¡Chicas, dejad el azúcar y escuchadme! ¡¡Chicas!!
Pero no lo hizo: a la Capitana le había tocado la mayor parte del chocolate de la cookie (que para algo era la Capitana) y acababa de decidir que las células grises quedarían mucho más monas de rosa. Todo lo demás le importaba un pimiento.
—No somos nadie —respondí y me levanté a por otro café y un poco de tarta que pintase los días negros de un color más acorde con el nuevo tono de mis células cerebrales.
* * *
¡Por amor de Dios, la señora-que-me-llama-Patricia está en todas partes!
Y no deja de presentarme a gente que también me llama Patricia y que me presenta a más gente que insiste en llamarme Patricia, y así en un bucle infinito y aterrador. Ahora cuando oigo un “Patricia” por la calle me giro, y créeme si te digo que más de la mitad de las veces se refieren a mí.
¡Hasta el portero de mi casa ha empezado a llamarme Patricia!
­—Disculpe, Patricia, pero no sé de donde saqué que se llamaba usted Lili —me dijo hace un par de días.
—¡Por Dios, Patricia, yo también llevo llamándote Lili desde hace siglos! — se unió mi vecina del tercero, que no sé porqué no alquila su casa, si vive en el portal.
­—Encantado, soy Alfonso, el nuevo del quinto —un chico joven me saludó mientras acarreaba un par de cajas hasta el ascensor—. Patricia, ¿no?
Hice un gesto que no era ni que sí ni que no, y solté un suspiro.
Menos mal que la señora-que-me-llamaba-Patricia no me confundió con alguna Jessi/Jenni/Vane…
* * *
El destino está chiflado. Me lo imagino tirado en un sofá, con una copa de DYC en una mano, una pipa de crack en la otra y dictándole a su secretaria lo que habrá de sucederle a la chica-antes-conocida-como-Lili. Sólo bajo la influencia de alguna droga dura y altas dosis de alcohol se le pudo ocurrir al muy puñetero lo que aconteció hace un par de días.

—¡Patricia, qué sorpresa! —un par de besos me rozaron las mejillas cuando entré en el despacho para una nueva entrevista de trabajo (a pesar de lo lejana que queda la crisis en la mente de cierto presidente que no pienso mencionar, sorprendentemente yo seguía en el paro)—. ¡No sabía que estabas buscando trabajo! ¿No me dijo tu madre que llevabas siglos en aquella asesoría? Siéntate y espera un segundo.
Querido lector, sé lo que estarás pensando: ¡¡¡NO PUEDE SER!!!
A eso sólo puedo contestarte: ¡¡¡LO SÉ!!!
Y sin embargo ahí estaba, la señora-que-me-llamaba-Patricia en carne y hueso, descolgando el teléfono y revolviendo los papeles de su mesa.
—A ver, Susi, corazón, que me has dejado en la mesa los datos de una chica que no es… Sí, una tal Lili Díaz… No, está aquí Patricia… ¿Cómo es tu apellido?.. Díaz, Patricia Díaz… ¿Cómo que no lo encuentras?... Vale, voy… Perdona, Patricia, ahora vuelvo— me dijo y salió del despacho.
He de reconocer que ante la crisis que se avecinaba, actué con la entereza y saber estar de un agente del MI6: me levanté de la silla, rodeé la mesa, me puse ante el ordenador de la señora-que-me-llamaba-Patricia y, con las manos temblando de pura histeria, entré en mi correo electrónico y busqué el currículum que les había mandado hacía una semana.
Luego cambié el nombre de Lili por el de Patricia, le di a imprimir y voilà, allí estaba, el currículum vitae de Patricia Díaz.
Una hazaña digna de James Bond.
No, no, qué digo James Bond. ¡De la mismísima M! ¡Por Dios, qué desaprovechada estoy como agente secreto!
—Perdona, corazón —dijo la señora-que-me-llamaba-Patricia cuando volvió al despacho, justo un segundo después de que yo volviese a mi silla—, pero en secretaría no localizan tus datos. No llevarás un currículum encima, ¿verdad?
Con una mueca a medio camino entre una sonrisa agónica y los últimos estertores de un infartado, extendí el brazo y se lo di.
—¡Una chica previsora, me gusta! Encajarás aquí divinamente, estoy segura.
* * *
¡¡¡Tengo trabajo, yupi!!!
Ay, madre, estoy tan contenta que no sé ni qué hacer… ¡Ohhhh, compras! ¡¡Síííí, me voy de compras!! ¡¡¡Bieeeeennnnnnnnn!!!
¿Cómo dices?
¡¡¡Ehhhhh, no seas aguafiestas!!!
¡Tengo un trabajo chulísimo y no se hable más!
Y déjate de detallitos tontos sin importancia como que mi jefa crea que me llamo Patricia.
Eso…
Eso ya lo pensaré mañana.



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